domingo, 25 de diciembre de 2011

Testigos de Wilder

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¿Cuándo no estuvo Billy Wilder en estado de gracia? Su película de 1957 no fue ninguna excepción. El genio de Hollywood de origen austriaco estrenó poco después de "La tentación vive arriba" y justo antes de "Con faldas y a lo loco" una de sus mejores obras (lo que es decir mucho), esta vez un drama: "Testigo de cargo". 

Wilder inició, por aquel entonces, la moda de llevar a la gran pantalla las obras de Agatha Christie. En "Testigo de cargo" conserva la esencia de la obra de teatro de la gran figura de la literatura de intriga, y le aporta además un toque de su distinguido sello personal. Espejos y mujeres amorales desfilarán frente a la pantalla como ya lo hicieron en "Perdición" o "El crepúsculo de los dioses". El resultado final alcanza una profundidad superior que la que Sidney Lumet lograra 16 años después con su oscarizada "Asesinato en el Orient Express". A bien seguro que la silla de Alfred Hitchcock debió de estremecerse con esta genialidad del suspense, si bien más orientada hacia el drama judicial. Con los minutos finales, l'enfant terrible se apoya en la obra de Christie para firmar uno de los desenlaces más retorcidos e inesperados que se recuerdan.

"Testigo de cargo" es perfecta es un sentido contradictorio y paradójico. Te tiene intrigado hora y media sin saciar las expectaciones que plantea la historia, decepcionado, podría decirse. Los personajes, hasta esa recta final, no son más que el elenco de personajes típicos, tan unidimensionales, a los que Agatha Christie nos suele acostumbrar. Está Sir Wilfrid (Charles Laughton), el clásico Hércules Poirot, distinguido caballero que todo lo sabe; la femme fatale de turno, la gélida Sra. Vole (Marlene Dietrich); incluso aparece el entrañable servicio, con el fiel mayordomo y la cargante asistenta. Cuando el desenlace se aproxima se aprecia el toque de la super ventas británica, donde nada es lo que parece y la historia, una vez más, nos ha engañado.

El el reparto, la fotogenia de Marlene Dietrich deslumbra y desplaza las solventes interpretaciones de Tyrone Power y Charles Laughton, este último rozando la brillantez como el inquisitivo protagonista. Dietrich repite el rol de femme fatale de "El ángel azul" (1930) con su descubridor Josef von Sternberg, que la hizo saltar a la fama en Alemania para luego dar el salto a Hollywood. Repite colaboración con Billy Wilder, con el que ya trabajó en "Berlín Occidente" en 1948. Lo hace de una forma más que oportuna, como arquetipo del fetiche de las mujeres en los dramas de Wilder, (véase "Perdición" o "El crepúsculo de los dioses") peligrosas desalmadas que manipulan a los hombres a su antojo. Casi 20 años después, la admiración de Wilder por la estrella alemana aún era latente, ya que a sus 55 años excedía por edad el canon de la clásica guapa hollywoodiense. No obstante, la piernas de la Dietrich siguen siendo para los personajes, para el espectador y para el propio Wilder, un claro objeto de deseo. La escena del café alemán y el propio cartel de la película dan fe de ello. Y, ¿quién se lo reprocha?

lunes, 10 de octubre de 2011

El cine, desde el hombre

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No podía aquel que decía que en el arte está todo inventado estar más equivocado. El estreno en 1988 con inesperado éxito de crítica y de público de "Cinema Paradiso" supuso la apertura por parte del ilustre cine italiano de una senda inexplorada: el impacto del propio cine en la vida de las personas.
Resulta difícilmente comprensible lo pocas que son las películas que versan sobre cine. Es como si el séptimo arte, antes de esto, tuviera un complejo de inferioridad con respecto a las otras artes que, unas más que otras, habían planteado enfoques autoreferenciales (véase, la pintura con Vermeer o Velázquez, por poner ejemplos de renombre). Tornatore, al mando de la dirección, da un paso más allá y no habla sobre mundo del cine como industria, algo que ya hizo “Cantando bajo la lluvia” hace décadas, sino sobre el cine como costumbre, como pasión y como medio de vida; un regalo para todo aquel que se considere cinéfilo.
“Cinema Paradiso” ofrece al espectador, con su bellísima historia ambientada en la Italia más profunda, dos núcleos que no dejan de fundirse y de chocar en las dos horas que dura la película. El uno, el cine, y el otro, la historia de Salvatore desde su más tierna infancia. Veremos como “Totó” crece como persona, mientras que su amado cine, representado por el edificio del “Cinema Paradiso” y su cabina de proyección, entra en decadencia. A su vez, la historia se desarrolla en torno a tres líneas temporales (niñez en la posguerra, juventud en los años 60 y madurez en la actualidad), cohesionadas precisamente por la relación del protagonista con el séptimo arte.
No en vano ha pasado “Cinema Paradiso” a la posteridad. Es una obra maestra de nuestro tiempo en lo referido a la conexión con la sensibilidad del espectador, sólo a la altura de las mejores historias del narrador por excelencia Clint Eastwood. Su profundo carácter de melodrama conmueve tanto que no debería aquel que pretenda verla alejarse demasiado del paquete de pañuelos de rigor. La identificación del espectador con el personaje de “Totó”, tanto de niño como de joven y adulto, es doblemente intensa gracias no solo a lo entrañable del mismo sino también a que compartimos –y aquí me incluyo– la apasionada cinefilia que profesa el protagonista. Para colmo, el toque cómico-costumbrista de ciertas escenas sirve, paradójicamente, para acrecentar el melodramático final. Para cuando el drama golpea, estabas aún encariñado con los entrañables personajes perfilados por Tornatore. Y las emociones afloran.
Para redondear la obra, cabe destacar la brillantez de su apartado técnico. Tornatore lleva a cabo una dirección más que destacable. Nos dibuja en las abundantes escenas de exteriores un retrato tan idílico como realista de la vida en la Italia profunda, así como emplea un lenguaje cinematográfico rico en recursos tales como unas elipsis visuales de una gran belleza plástica. La banda sonora de la película, compuesta por el más que experimentado Ennio Morricone, merece especial mención. El compositor italiano (“El bueno, el feo, el malo”, “Érase una vez en América”) se confirma como uno de los mejores en su campo (junto con ilustres como John Williams) y nos regala para este filme un inolvidable leitmotiv que capta a la perfección su esencia en parte nostálgica.
La conclusión final sobre el cine es muy alarmante. Se nos muestra la realidad del cine desplazado como entretenimiento colectivo. Así le sucede al Cinema Paradiso, que antaño llegó a ser el único divertimento de todo un pueblo que acudía a la sala a molestar, a hacer obscenidades, a enamorarse; a vivir, al fin y al cabo. Pero la vieja sala no consigue salir a flote ni con todas las sesiones picantes del mundo. La película es, en último término, una llamada de atención a todos los que amamos este arte; somos nosotros, en mayor o menor grado, los que lo hemos desvinculado del gran público, y en definitiva, lo hemos condenado a la marginalidad más elitista.
Somos cinéfilos porque entendemos el cine como una vía de escape de sensibilidad, tal como es el arte en general vehículo de expresión de humanidad en el más alto estadio; porque en el fondo somos y seremos como ese niño que jugaba con el celuloide y emulaba a Clark Gable y John Wayne. A bien seguro, y esto es lo que convierte “Cinema Paradiso” en una obra atemporal, haríamos lo que hiciera falta para evitar su desaparición, cualesquiera que sean las amenazas que sobre él se ciernan.

domingo, 9 de octubre de 2011

El vuelo de un ave raris

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No existen artistas como Terrence Malick hoy en día. Sólo cuatro películas en 40 años y, aun así, se ha ganado una fama que ya quisieran muchos otros autores más prolíficos. Quizá sea, precisamente, porque la expectación por cada nuevo estreno le ha convertido en un genio con aura de ave raris. El caso es que 2011 nos ha deparado, con el estreno de su quinto filme, “The tree of life”, uno de los acontecimientos cinematográficos más esperados de los últimos tiempos.
Tiene “The tree of life”, sin embargo, otros reclamos menos distinguidos que la expectación y el morbo de lo muy esperado. La intensa campaña publicitaria y la presencia de una estrella hollywoodiense como Brad Pitt han servido para expandir el interés más allá del público más cinéfilo. El resultado: número 1 en la taquilla española el pasado fin de semana y miles de espectadores indignados a la salida del cine. Era de esperar.
Resulta que esta no es una película para el gran público. Se trata, nada más y nada menos, de una reflexión personal sobre el sentido de la vida. Malick remite al libro de Job al inicio y no tiene reparos en plantear dilemas religiosos. El espectador clásico, poco dado a que una película le obligue a adaptarse a ella y no al revés, no obtendrá ni siquiera una narración convencional. El director, ambiciosamente, construye su obra sobre los cimientos del poder de unas imágenes que evocan, emocionan, y sustituye los diálogos convencionales por una voz en off reflexiva dirigida a Dios.
En realidad, pese a lo que pueda parecer, “The tree of life” no es una obra compleja. Está formada por tres partes: génesis (el tan criticado segmento sobre la formación del universo desde el Big Bang), vida (microhistoria de la familia O’Brien) y Más Allá (Paraíso-Cielo de carácter cristiano). Pudiera también parecer que las partes no guardan relación entre sí, pero nada más lejos. La cohesión interna de la película deriva de la integración de las partes en una misma conclusión existencial, la cual se nos plantea en todo momento: “una vida no significa nada por sí misma; sólo el amor nos hace eternos”. En otras palabras: “en la eterna confrontación entre Naturaleza y Gracia –personificadas por el autoritario padre y la madre amante respectivamente– el camino a seguir siempre es el de la Gracia; ama a todas las cosas y te acercarás a Dios”. Es una auténtica oda al humanismo frente al engreimiento y la autocomplacencia a los que, según el autor, el egoísmo conduce.
La quinta de Malick (tras “Malas tierras”, “Días del cielo”, “La delgada línea roja” y “El nuevo mundo”) no es, sin embargo, un hecho único en la historia del cine. Se la puede comparar con “2001: Una odisea del espacio” de Kubrick. Comparten, de hecho, mismo director de fotografía, Douglas Trumbull, que se encarga de hacer el segmento cósmico sobre la creación del universo al menos tan espectacular como lo fue la danza de las naves. La espectacular banda sonora, formada por fragmentos de obras de música clásica (Brahms, Preisner, Couperin, Berlioz…), nos puede también recordar a Kubrick. Ambos directores comparten incluso la excentricidad de no conceder entrevistas ni aparecer en actos públicos. Por tanto, no se puede decir que “The tree of life” sea del todo original. Sí que es, no obstante, tremendamente personal y ambiciosa, con un lenguaje cinematográfico único e inconfundible.
Pero hay ciertos aspectos en los que la película que nos ocupa se separa y –por qué no decirlo– supera a la cinta de Kubrick o a cualquier otra que se le ponga por delante. Por ejemplo, en el plano visual. Malick construye, sólo con imágenes, a la maniera de las pinceladas de un pintor impresionista, un cuadro de una belleza lírica desbordante. Es una experiencia inolvidable. El sutil movimiento de cámara remarca la belleza de los planos en la microhistoria de la familia, hasta tal punto que las imágenes, unidas a la celestial música, se quedan grabadas en la mente. “The tree of life” es, en última instancia, el retrato más bello de la niñez y el amor maternal (sublime Jessica Chastain cuya sola presencia ilumina) jamás contemplado por quien escribe estas líneas.


No nos engañemos: tiene sus errores, véase, el desdibujado personaje de Sean Penn o la visión marcadamente cristiana del Paraíso. Pero, aún así, “The tree of life” supone una inolvidable e imprescindible experiencia para el espectador dispuesto penetrar en el mundo interior, tan personal y tan humano, del genio del cine que es Terrence Malick y, en definitiva, ver arte y apreciarlo. Incluso con dinosaurios de por medio.

sábado, 8 de octubre de 2011

Cambio de aires

Esto no funciona. El día que pensé en abrir este blog pretendía algo que ya no recuerdo muy bien, pero creía que funcionaría: obligarme a escribir y hacerlo sobre algo interesante. Hoy mismo pretendía actualizar este desalisado, pero me he dado cuenta de que no había nada que quisiera contar. Soy, he sido siempre, y seguramente seguiré siendo una persona con poca creatividad, y sin ella tengo la sensación, más bien la convicción, de que los derroteros que seguía esta bitácora la abocaban al desastre.

Voy a restringir el contenido de mis publicaciones a partir de ahora. Se acabaron los textos personales pues, más o menos, sólo uno de cada cien días estaré dispuesto a escribir sobre mí. También los textos literarios, que no nos engañemos, nunca serán lo mío y tampoco acostumbro a estar inspirado. Lo que sí me gusta y para lo que me encuentro algo más capacitado es para hablar sobre arte. Teniendo esto en cuenta, lo que veo más factible son las críticas de cine. Últimamente estoy viendo mucho cine y televisión, y estoy cogiendo el gustillo de escribir sobre ello.

Pues bien, a partir de ahora, es mi intención publicar esporádicamente, en cuanto el tiempo me lo permita, críticas cinematográficas sobre las películas que vea recientemente. No puedo prometer que no se me escape algún post de naturaleza distinta ni que todas estén trabajadas por igual, pero se intentará que la tendencia sea lo más uniforme posible. A ver si con esto, aceptando las sugerencias, le doy un poco de vida a este blog, aunque sea con otro enfoque.

jueves, 28 de julio de 2011

Receta para un bajón anímico

Os sorprenderá leerlo pero yo soy de esos a los que el ánimo les juega malas pasadas. Son innumerables los momentos en los que, sin siquiera saber por qué, no tengo ganas de relacionarme con el mundo, sea cual sea la forma. Para ser francos, no quiero saber nada ni de mí mismo.

Es curioso que es entonces cuando más profundo me noto unido a la cultura en general. En los momentos de depresión (creo que no puede definirse de forma fidedigna con otra palabra) siento la necesidad de ver cine a raudales, o de leer clásicos, o incluso de ver alguna inolvidable serie de televisión. Algunas de estas obras consiguen sumergirme aún más en mis tribulaciones. Véase, los dilemas existenciales o familiares expuestos en el cine del mítico Ingmar Bergman. Leer Dostoievski tampoco ayuda mucho. Sin embargo, algunos filmes te tienden una mano hacia un punto de vista más positivo. No se trata simplemente de comedias divertidas o de idílicos (y a veces vomitivos) happy ends, sino de ideas extraidas de la obra.

Allá van dos recomendaciones bastante personales capaces de animar incluso a un gélico alcornoque:

- "Midnight in Paris", en dosis de unos 90 min. Perteneciente a la minoría de los productos provenientes de la factoría W. Allen Inc. que no desprenden una visión amarga, pese a que por ser mayoritariamente comedias pueda parecer otra cosa. Remedio infalible para la nostalgia. Apta para curar la depresión derivada de un inoportuno visionado de "La rosa púrpura del Cairo". Se aconseja consumir tras, al menos, una estancia previa en París. Recomendable para los deprimidos tras ver Harry Potter 7.2.

- En caso de depresión crónica tomar "Beginners". Posibles efectos secundarios: perder la tarde en ir a un solitario cine madrileño y sufrir un brote de masoquismo que te incite a desear volver. Propiedades activas: anima a vivir la vida, pese a su recubrimiento de atmósfera depresiva. Se recomienda al consumidor el no incurrir en un creciente amor platónico por Mélanie Laurent y su encantador acento francés, sólo comparable al de Marion Cotillard.

sábado, 23 de julio de 2011

Principiantes

Son muchas las cosas que me ponen de mal humor en esta vida: cuando me olvido de qué canal va entre el 4 y el 6, cuando pienso en en mi futuro académico-profesional y un millón de situaciones más cada día. Y, desde luego, doy por hecho que no soy el único al que esto le sucede. No obstante, lo que marca la diferencia en nuestro ánimo son aquellas –normalmente pequeñas– cosas que consiguen levantarnos el ánimo y mejorar nuestro humor.

Cada cual encuentra estos pequeños milagros en muy diversos momentos, lugares o situaciones. A veces la sola visión de la sonrisa de alguien a aquien aprecias consigue arrancarte el buen humor a tu ánimo gruñón y cascarrabias. Quién sabe, seguro que ha debido de suceder que alguien, en algún lugar del mundo, haya logrado ser completamente feliz durante algo más que un instante. Y es que la tristeza es un elemento superfluo en la vida humana creado por los individuos para esconder los miedos y las inseguridades propios. Nuestro verdadero cometido es intentar ser felices. Nadie ha dicho que sea fácil, ni siquiera que siempre sea posible, pero es un horizonte que habríamos de tener a la vista en nuestros actos más que ningún otro.

Este es el mensaje que nos deja una pequeña joya de la cartelera presente, "Beginners", un llamamiento a perderle el miedo a la vida y al amor, a experimentar y ser un principiante sin importar la edad –38 o 75– o la situación –un hijo con pánico a enamorarse y a la vida en pareja arrastrando los defectos del matrimonio de sus padres o un padre anciano que destapa su homosexualidad tras enviudar y disfruta de sus últimos años de vida pese a padecer un cáncer terminal–. La construcción de la película está destinada a contraponer las situaciones de padre e hijo para evidenciar lo común de la solución a sus diametralmente distintos problemas. La visión alegre y despreocupada de un padre que no disfrutó de su vida hasta sus últimos años influye a su hijo y le ayuda a la hora de tomar decisiones con respecto a sus relaciones.

En definitiva: una brilante película independiente que desde aquí recomiendo. Una historia deliciosa rematada con una enseñanza vital optimista, pese a ser triste por momentos. Lenta –sosegada, más bien– y con momentos de ligereza cómica, destacan las actuaciones de sus protagonistas, especialmente Chistopher Plummer encarnando al padre, Hal, un personaje entrañable e inolvidable. Cumplen con nota McGregor y una Melanie Laurent cuya presencia deslumbra. Sumergíos en esta inspirada obra del director americano Mike Mills. No puede merecer más la pena.

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lunes, 18 de julio de 2011

Pastiche bergmaniano: Fresas y susurros III


PARAÍSO

Nada más; se detienen ya los pasos de aquel. Acaba aquí el eterno superlativo de lo estremecedor. Entra en escena la Alegre Juventud; arranca la road movie. Los versos, meditados y precisos, pasarán a prosa rasa y vivaz. Los fundidos en rojo serán abandonados en favor del dinámico –y monótono a partes iguales– plano-contraplano. Los nórdicos ataviados con negros ropajes dejarán de plantear problemas existenciales para dar paso a jóvenes de turgentes figuras y despreocupadas conciencias.

Morirá la filosofía, en aras de la placidez de psique, asaeteada por flechas empapadas en epicureísmo. Dejará de ser la sabiduría la más reconocida de las improntas sociales y se convertirá en recóndito complemento de ridículas gafas de pasta. El silencio de Dios pasará a ser cuestión de orden menor, a la zaga del culto a la nueva divinidad reinante: el cuerpo.

Pero, ¿a quién le importa? Solamente a los desacreditados que purgan sus pecados, los moradores del averno, atormentados entre fundidos en rojo y anáforas memorables, perdidos entre las páginas de una historia interminable.

domingo, 17 de julio de 2011

Pastiche bergmaniano: Fresas y susurros II


INFIERNO

Era aquel un lugar dantesco a la altura del infierno de la Comedia, salvo porque Paolo y Francesca no lloraban ya los versos más sentidos y amargos. De hecho, nada era verdad. No había suelo ni cielo, ni frío ni calor. El dolor y el placer se confundían entre un maremágnum de bulevares desiertos. El tiempo no seguía dirección alguna, y el día y la noche combatían para imponer su dominio siempre con resultado incierto. La Luna, en lo alto del firmamento, censuraba la promiscuidad de un Sol combatiente que no abandonaba su lecho. Los bordes de los astros chocaban, como si se tratase de dos insignificantes canicas, y de ellos brotó una niebla que, densa como el ígneo magma, emborronaba poco a poco cada una de las imágenes y mezclaba de un modo grotesco sus formas y sus colores.

Cuando la niebla se disipó las oníricas calles volvieron a tomar forma entre relojes derretidos sin manecillas. El sol se estaba poniendo y la calle era encajonada, fría y húmeda. El frío se adentraba en los miembros y los entumecía con una pesadez plomiza. Mientras tanto, algo se acercaba a gran velocidad por la calle. Dos famélicos corceles arrastraban un carromato negro con funeraria apariencia. La pintura dorada de los bordes reflejaba el fulgor de un astro inexistente y cegaba la visión del solitario viandante. El vehículo, desbocado, perdió el control ante la atónita mirada de aquel individuo cuyo nombre solamente evoca nostalgia. Un ataúd, lógobre caja que transporta lo que un día fue un alma en pena, resbaló de aquel vehículo para posarse a tan solo unos metros frente a un alma que todavía penaba en el hueco en balde entre el Infierno y el Paraíso. Sus rodillas temblaban de forma ciertamente desbocada mientras que en sus entrañas, el nudo que solía fustigar sus tímidos impulsos, se agrandaba a cada momento, tanto que parecía poder estallar en cualquier momento.

No podría decir cuántos fueron los segundos, minutos u horas que permaneció allí, inmóvil, mirando fijamente la rendija que había quedado en la tapa del ataúd y que apenas insinuaba el contenido de la mortaja. En ese tiempo, aquel vórtice, ratero de ilusiones, se había desinflado un tanto, si bien levemente, pero lo suficiente como para inyectar algo de denuedo a los atenazados músculos. Estos, impulsados por las dubitativas comandas de su espíritu, hallaron intrincado el simple camino de retirar la tapa del negro cajón. 

El contenido del fúnebre recipiente habría estremecido incluso a la gélida conciencia de la impasible Karin. Más aún que la, a priori reconfortante, a la sazón turbadora, imagen del reencuentro de dos hermanas naturalmente distanciadas aderezada con inquietantes acordes de chelo. La figura yacente sobre la sedosa mortaja habría hecho parecer entrañables las muñecas de la adulta María combinadas con su, por otra parte, angelical rostro. Los rasgos del cadáver resultaban conocidos, dolorosamente familiares. Observar el inanimado reflejo de la propia persona no fue para Ciro una absoluta novedad, al menos en lo que incumbe al estudiante de la obra de Espronceda, pero no por ello fue su visión menos estremecedora.

sábado, 16 de julio de 2011

Pastiche bergmaniano: Fresas y susurros I


PURGATORIO

Casi una hora de interrogatorio y aún no había dicho nada. Algo en sus ojos parecía querer explicar a gritos lo que sus labios, apretados uno contra otro, no eran capaces de pronunciar. Cerrada para siempre estaba ya su boca, aunque le costara la vida o la libertad. La compasión hacía temblar los asientos circundantes al del pobre Ciro, inmóvil como una estatua. Las manos de los presentes no paraban de sudar y ni siquiera todo el calor de un mediodía de julio habría podido caldear el ambiente gélido de la estancia. Casi a oscuras, nada iluminaba por debajo del manto tenue que había cubierto la sala con la entrada del testigo, como una repentina bajada de tensión. Las copas y los vasos se amontonaban en una mesa algo más grande de lo necesario. Ciro las rechazó todas de la única manera que pudo, con la mirada perdida en un punto inexistente a medio camino entre la pared y el horizonte de más allá de aquellos fríos y muertos muros. El reloj de pared reposaba sin función aparente, pues ya no tenía manecillas y tan sólo emitía un ruido sordo como el de la línea de un teléfono lejano e invisible.

La nerviosa amabilidad de los presentes perjudicaba más que ayudar a su causa. Se movían nerviosamente alrededor de su asiento como inquietas moscas ya ignoradas por un individuo extenuado. Nuestro enfoque se reduce más y más, hasta que llega un momento en el que todo desaparece en un fundido en rojo, dando lugar a una realidad onírica proveniente del más profundo y perturbado subconsciente.

domingo, 3 de julio de 2011

Turismo de conciencia

La suerte, esquiva con algunos que merecerían más gozar de su beneplácito, ha querido que ahora mismo mis pies reposen sobre suelo lejano, el suelo llano y húmedo de las orillas del Támesis. No diré, pues, que esta en la que me encuentro es una ciudad bonita, que por cierto, no lo es. Tampoco diré que me lo he pasado en grande haciendo el típico y aburridísmo tour por los lugares emblemáticos que es necesario fotografiar desde todos los ángulos posibles para demostrar algo que no es otra cosa que la propia presuntuosidad de uno mismo.

Si vuelvo a la piel de toro habiendo cambiado algo, no habrá sido mi nivel de inglés lo más importante, al menos a mi propio parecer. Quizá también haya ganado un poco de autoestima. Quizá mi ánimo bipolar haya conseguido tomar algo de oxígeno más allá de la atmósfera asfixiante que yo mismo me he creado. Y es que cuando te alejas de tu siempre deficitario punto de vista original siempre descubres cosas sobre ti mismo. Como que puede que no seas tan huraño y solitario como tú mismo te haces creer, que las relaciones sociales hay que practicarlas para dominarlas. Que la solemnidad de mi discurso y de mi silencio es algo que me es propio pero que puedo controlar. Incluso que quizá no sea para los demás tan aburrido, tan pedante, tan repugnante como solía creer.

Para los mundanos: "¡Oh, qué bien me lo estoy pasando, cuántas cosas estoy viendo!". Pero no estoy haciendo turismo. Los monumentos de Londres me la traen al fresco. Cierto que pueden ser la mejor excusa para coincidir con la gente que acabas de conocer. Pero yo siempre preferiré pasear por aquel barrio tranquilo junto a la residencia de Bethnal Green, sentarme a leer en el parque frente a la iglesia de St. Pancras, pasar las horas tumbado en Regent's Park con buena compañía, o acabar el día en cualquiera de los pubs junto a King's Cross. Mi mayor pena no es no haber ido, en estas ya dos semanas, ni a Madamme Tussaud's, ni a Notting Hill, ni al Museo de Historia Natural, ni a St. Paul, ni a Covent Garden; sino no haber entrado en aquel pub con –buena– música en directo junto al metro porque llevaba 9 horas haciendo cola en Wimbledon y ya estaba exhausto.

Estas son las cosas que me interesan. No las fotos. Pero ahí va una.



miércoles, 15 de junio de 2011

Nostálgico tour

He intentado resistirme, pero definitivamente he sido incapaz. Hace varias semanas fui al cine a ver la nueva película de Woody Allen, "Midnight in Paris", espoleado por las buenas críticas y por mi admiración por el director norteamericano. Y como si no digo lo que quiero decir exploto, al menos lo comento aquí y se me suaviza un poco el ánimo.

Hace ya bastante tiempo que los críticos, cada día más exigentes y postmodernos en sus gustos, nos hacen creer que los grandes directores del pasado están en franca decadencia y que sus obras actuales no se encuentran al al nivel de las de antaño. Woody Allen es uno de los principales integrantes de una lista en la que también figuran Scorsese, Polanski, Coppola, Shyamalan o incluso Tarantino ("Malditos bastardos" no agradó a todos, y en parte con razón). Todos ellos están en esta lista de insignes directores por motivos diversos. El del Sr. Allen es que está tan enamorado del cine que está empecinado en filmar una película al año. Y, claro está, en esta producción rutinaria, casi en cadena, a veces salen productos extraordinarios, y otras veces menos. Cada uno de sus estrenos parecía ser el clavo defenitivo para sellar el ataúd cinematográfico en el que los especialistas le emplazaban. "El sueño de Casandra" y "Vicky Cristina Barcelona" fueron infumables. "Scoop" tampoco dio la talla. Pero sólo fue una breve mala racha de unos cinco años en una carrera de más de cuarenta. Ojalá muchos pudieran decir lo mismo.

Pero vayamos al grano: Woody Allen ha hecho lo que se espera de él: una comedia divertidísma con un trasfondo moralizante muy evidente. "Midnight in Paris" me ha parecido un certero recorrido transversal a través del sentimiento de la nostalgia. Y yo, nostálgico por naturaleza, tenía que identificarme por fuerza con este protagonista tan típico de la filmografía de Allen: un artista con un bajón creativo que no está decidido a continuar con su faceta artística por la falta de comprensión y apoyo provenientes del exterior. 

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El protagonista –bien interpretado por un Owen Wilson que hasta ahora no me inspiraba simpatías– vive atenazado por la nostalgia. Escribe decrépitos guiones para Hollywood sólo por dinero, aunque desea escribir una novela en la que plasmar su talento. Siendo él un enamorado de la cultura del París de los años 20, la capital francesa perece ser el lugar ideal para dar rienda suelta a su creatividad. No obstante, su novia y algunas compañías no dejan de frustarlo.

Todas las madrugadas, cuando cae la medianoche, el protagonista sufre unos curiosos episodios, que no especificaré para no destripar el argumento. La gente que conocerá durante estos episodios le hará ser consciente de lo absurdo del extremismo de su nostalgia, así como verá solucionado su bache creativo con la ayuda de una personalidad insigne. Y es que la nostalgia nos hace caer en una vorágine contradictoria en la que nos engañamos a nosotros mismos pensando que un tiempo pasado fue mejor. El personaje de Marion Cotillard nos transmite brillantemente estas enseñanzas –amén de alegrar las vistas al sexo masculino– contribuyendo a un final trágico de los que hacen que valores la historia, por muy disparatada que haya sido.

Poco más que decir de esta deliciosa comedia. A los seguidores de Allen les gustará. Y a los que no lo son tanto puede que también. Un nombre más en mi eterna lista de recomendaciones...

¡Ya te vale, hereje!

lunes, 30 de mayo de 2011

Hoy, mañana, siempre

A veces me sorprendo a mí mismo cuando me pongo a pensar sobre algunas cosas después de mucho tiempo. A veces no tanto tiempo. Es como cuando llevas mucho tiempo sin ver a una persona y, cuando la ves, rápidamente adviertes que ha cambiado, no sólo físicamente. En un primer momento piensas que el otro el que ha cambiado. Luego te lo replanteas. Quizá seas tú el que ha cambiado, y por eso le ves de otra manera. Eso mismo me ha sucedido hoy. No ha sido ningún reencuentro ni nada por el estilo. Solamente pensaba. No en mis cosas, sino en las cosas en general. Un momento filosófico, clásico en mí. Y me he sorprendido. 

Toda mi vida he odiado las rutinas. Esa horrible palabra: "rutina". Me imaginaba siendo un oficinista desquiciado, y la odiaba. La sensación de monotonía podía conmigo. Siempre había pensado que lo mío era salirme de las rutinas. Eso sí, de una forma caprichosamente controlada. Pero hoy, conducido por las circunstancias, he llegado a la conclusión de que las necesito. Porque apenas soy capaz de escapar de ellas. Todo depende de mi ánimo. Y a ese cabrón si que no lo puedo someter a rutinas. Necesito tener un lugar al que ir fuera de mi casa sin depender de mi ánimo, ya sea la universidad o la pista de tenis para entrenar. Este verano, sin rutina, va a ser duro, como casi todos los anteriores. Sin rutina me va mal. La rutina me da un rumbo. Un horizonte. Un sentido.

Hoy prefiero las rutinas. Vete a saber tú qué preferiré mañana. Uno no puede bañarse dos veces en el mismo río. Ya lo dijo Heráclito hace varios siglos. Pensando probablemente algo parecido a lo que ahora pienso yo. Y aunque en parte discrepo con su pensamiento, cuánta razón tenía este griego. No se puede vivir en el futuro, porque no sabemos quiénes seremos para cuando llegue. Sólo sé quién soy. Y apenas.

domingo, 29 de mayo de 2011

Monothematic man

El hombre monotemático se despierta por la mañana, porque ES LA HORA de levantarse. 

Hace ejercicio, porque HAY QUE hacerlo para estar sano. 
Estudia duro, para ESTAR preparado para su monofunción. 
Hace lo que todos para no parecer LOCO.
Tiene amigos PARA parecer normal.
Vive para SER rico.
Duerme 8 horas por la noche, porque es BUENO hacerlo. 

Pero el hombre monotemático se cansa de su dimensión, opípara uniformidad, como la protagonista de "La rosa púrpura del Cairo". Encajando piezas. Y borrando huellas. Subliminales. Se levanta del suelo y se sacude el polvo que, uniforme y paulatinamente cubre todo aquello que adolece de monotonía. Y se lamenta –¿cómo si no?–. Por haber nacido cubierto de una capa finísima de polvo de la que no se puede desprender. Una capa que ni los seres más neuróticos alcanzan a ver. Pero que está ahí. Y los separa inevitablemente. Porque sólo son unos milímetros, quizá menos, de mentira y simulación. Pero no importa el tamaño de la mentira. Sólo hay una meta en esta vida y es la verdad. Todo lo demás es polvo y aire.

sábado, 30 de abril de 2011

Un punto de apoyo

Arquímedes dijo una vez: "Denme un punto de apoyo y levantaré el mundo". Una gran verdad que trasciende los límites de física. Y hoy lo he podido comprobar en mis propias carnes.

Resulta increíble cómo una cosa tan pequeña puede suponerte todo un punto de inflexión. En mi ánimo, en este caso. Vengo de estar asfixiado por prácticas, exámenes y demás paranoias que no vienen al caso y que ni yo mismo conozco. Y ahora, lo único que necesito es jugar a tenis. Es mi punto de apoyo. Empiezo a llegar a la conclusión de que no puedo vivir sin este deporte, que me deprimo cuando estoy un tiempo sin jugar. No sé qué haré cuando no pueda jugar. Probablemente me acabe dejando la salud y la paciencia sobre la pista. Pero seré lo más parecido a una persona feliz. Y me parece que es de la única manera que puedo serlo.

La fórmula del problema es la siguiente:

Un idiota enfadado con el mundo
+
una victoria por 6-3 6-0 con buenas sensaciones ante un rival que se me solía atragantar
=
Un idiota contento

A ver cuánto tardo en refutarla. Que no sea pronto.

Sólo decir que no digo nada

Esto es como las clases de estadística. Sr. Profesor: no me pregunte. Sabe que no lo entiendo y que no quiero preguntar. Que me estoy peleando conmigo mismo por no ponerme a gritar y salir corriendo. O algo peor. En fin: la historia de mi vida.

Qué voy a decir. Nada. Ya lo sabéis de sobra. Escribir es algo que ha de hacerse con entusiasmo. Y eso es lo que me falta. No tengo ganas de escribir sobre nada. No agradeceré a "Sé lo que hicisteis" sus 1000 programas –sin Ángel, por cierto–, por mucho que me encantara o me encante el programa. No haré una entrada sobre la apabullante contundencia visual del último tramo de "Cisne negro" y sobre lo gilipollas que me parece Carlos Boyero por tacharlo de efectismo. No escribiré sobre las ganas que tengo de ver al mejor tenista de todos los tiempos en vivo y convencerme de que habría que taparle la boca a más de uno que hace de Nostradamus. Tampoco diré nada sobre la gratitud que siento hacia cierta personilla por alegrarme las tardes con sus lloros, sus juegos, sus risas... y enfadarme también por lo mismo. Nada. Mi futuro tendrá que esperarme.

Puede ser el final de este blog. O el final de algo más. Todo es incierto. Pero lo prefiero así. Que mi vida no sea nunca un objeto de estadística. No quiero ser uno más en el número de periodistas en paro. Ni de amigos en Facebook, Twitter o a saber tú qué otra mierda de red social. Hoy no quiero rutina. Será porque la echo de menos.

domingo, 27 de marzo de 2011

Descubriendo el cine western

Hace unos días hice una práctica sobre el color marrón en la fotografía del cine western. El tema lo elegí yo mismo, que conste. ¡Pues menudo coñazo! –pensaréis vosotros. La verdad es que no se me ocurría ningún tema mejor, y como este me pareció original me lancé a la piscina.

Así que me encuentro con la papeleta de tener que ver varias películas del Oeste para documentarme, pese al hecho de que nunca me gustó ese género. Pensando en westerns, los primeros títulos que se me vinieron a la mente fueron: cualquiera de John Wayne y "El bueno, el feo y el malo". Examinando algunas críticas por Internet decidí que mi película de Wayne a analizar sería "Río bravo".



Resignado, me descargo las películas y me pongo a ver escenas sueltas y... ¿cómo puede ser? ¡Me gustan! Desde la ignorancia, me había formado una opinión equivocada del género western. Aunque claro, las dos películas no me gustan por igual. "Río bravo" es entretenida e interesante, pero no pasa de eso. La sorpresa mayúscula me llega con "El bueno, el feo y el malo". Mi aún escasa cultura cinematográfica no tenía ni la menor idea de que no todos los western eran iguales. Había leído alguna vez la expresión spaghetti western, pero no sabía lo que significaba. Y cuando empiezo a ver la película obligado me doy cuenta de que... ¡me encanta! ¡No sabía que una peli del Oeste pudiera ser tan divertida! ¡Ni que una banda sonora podía volverte loco!



Y es que los ambientes que se describen en la película son desternillantes por su aridez. Los momentos míticos abundan en tal grado en la película que es imposible recordarlos todos. Las miraditas antes de los tiroteos son inolvidables. Y algunas citas... legendarias:

– Tu cara se parece a la de uno que vale 2.000$.
– Sí. Pero tú no te pareces al que los va a cobrar. (Rubio)

– Los tíos gordos como tú me gustan mucho, porque cuando caen de espaldas hacen mucho ruido. (Tuco)

– El mundo se divide en dos categorías: los que tienen el revólver cargado y los que cavan. Tú cavas. (Rubio)

– ¡Rubiooooo! ¿Sabes de quién eres hijo? ¡Eres un hijo de mil madres! (Tuco)

 
Doy gracias por haber elegido este tema tan extravagante para mi ensayo, porque las consecuencias han sido geniales: ya estoy deseando ver entera la trilogía de Sergio Leone y he descubierto un género que antes rechazaba por mera ignorancia. Lo mismo me pasó hace unos meses haciendo un trabajo sobre "Tiburón": ahora veo el cine de Spielberg con otros ojos. En estos momentos es cuando pienso que todo lo que estoy haciendo en la universidad es útil.

jueves, 10 de marzo de 2011

Padrastros

Cuantísimo asco da el darse cuenta de lo voluble que es todo. Desde lo más grande hasta lo más pequeño, todo está sujeto al cambio. Y, ¿qué es lo que nosotros, ingenuos, perseguimos? Yo al menos: estabilidad. Pero somos idiotas. Queremos construir un castillo de naipes y que no se caiga nunca. Y, para colmo, las cartas se nos resbalan siempre entre nuestras sudorosas manos, algunas para más inri de dedos cortos y rechonchos, con las uñas todas mordidas y los padrastros dando por culo.
Las cartas más pequeñas, las que colocamos sin mucho cuidado, son las que acaban desmorando el castillo. Un día, una pequeña cosa te sale mal y tu mundo se derrumba como un castellet. Y lo peor es que te das cuenta de ello: ves caer las piezas grandes, los pilares de tu vida, aquéllos en los que apoyaste el peso de tu liviana existencia. Y, ¿qué haces? Desde luego, no tienes ganas de recomponer el castillo. Así que te limitas a vagar. A vagar y a esperar que la suerte arregle lo que hace un tiempo te quitó.

lunes, 7 de marzo de 2011

El rollo ese del Karma

Tengo que reconocer que las series americanas siempre me han encantado. No sé muy bien por qué será; si por el desapego inconsciente -o no tan inconsciente- que a veces siento hacia mi propio país o porque en verdad son las mejores. A falta de un discernimiento completo que requeriría bucear a conciencia entre el desorden de mis ideas y mis experiencias, prefiero pensar que, en efecto, la calidad de los productos televisivos provenientes de EEUU es superior.
Son muchas las series americanas que me tienen cautivado; más concretamente las comedias. Algunas por el simple hecho de que son entretenidas y la mayoría porque, además de ello, me parecen de gran calidad. Pues bien, de todas estas series, ya de por sí buenas, mi favorita es, sin lugar a dudas, "Me llamo Earl". La serie no sólo derrocha personajes y situaciones hilarantes, sino que además te invita a reflexionar. Podría pasarme líneas y líneas describiendo las innumerables virtudes de esta serie, pero creo que el espacio y el tiempo serían mejor utilizados con otro fin.


La serie comenzó a emitirse en el año 2005 en la cadena FOX. A lo largo de sus cuatro temporadas tuvo cierto éxito, aunque nada desmesurado. Pero, al acabar la cuarta temporada allá por mayo de 2009, FOX decidió cancelar la serie por su reducida audiencia y su elevado coste. Cuando se presentó la oportunidad de venderla a otro canal (TBS), los productores de la serie se negaron rotundamente a rebajar el presupuesto. Y, ¡aquí acaba la andadura de nuestra serie! Sin un final, dado que la cancelación no fue previamente anunciada.
Y en momentos como este maldigo al mundo, al sistema, a EEUU y a todo lo que se me pase por la mente. Cuesta pensar que la cadena FOX, la misma que renueva una temporada tras otra a "Los Simpsons", una serie que ya está muerta y que además es nociva para sus antiguos espectadores, cancele la mejor comedia del mercado. En realidad, más que costar  pensarlo lo que pasa es que jode mucho. Jode darse cuenta de que sólo importa una cosa en este mundo.
Pero, en fin... ¿qué le vamos a hacer? Yo seguiré viendo los programas que considere de calidad y dejaré de lado la bazofia televisiva suministrada al pormayor, ya sea en forma de series de -y para- adolescentes depravados, de realities o de programas del corazón... infartado. 
Por mi parte, echaré de menos las conversaciones de Earl y Randy antes de dormirse: pura filosofía.

sábado, 5 de marzo de 2011

El tálamo y la Luna

Te despiertas, un día cualquiera, y atrapas a duras penas el instante más bello del día: todo por delante y nada que lamentar. Mullida suavidad que te infunde optimismo y calor no artificial. Pero el tiempo pasa y te esclaviza bajo el peor de los yugos. Deslumbrantes propósitos y brillantes expectativas te son robados del bolsillo por un discreto ladrón, y cuando te das cuenta ya ha escapado y a la policía no le interesa tu pérdida. La esfera desdibuja su fulgor a través de la turbia perpendicular y, trasnochador amigo, llega la inevitable cita con el lecho. Aquél mismo del que, acogedor, hace algunos momentos no te querías despegar ahora es un malvado villano. Te invita, atosigándote con plomiza pesadez, a que te unas a él y luego se mofa se ti. Porque, otra vez, perdiste tu tiempo lejos de él. Y mañana lo perderás otra vez.

martes, 1 de marzo de 2011

Resaca cinematográfica y desvaríos varios

Ahora que ya tenemos los resultados de los Oscar podemos compararlos con nuestras predicciones. Con las mías, más concretamente. Finalmente acerté 6 de 9, pese a que según muchos esta edición ha estado del todo exenta de sorpresas.
Parece ser que la gala fue un auténtico bodrio. La Academia intentó renovar su imagen con nuevos y jóvenes presentadores, James Franco y Anne Hathaway, pero la jugada les salió mal. Y, a merced de este hecho, muchos periodistas especializados se han lanzado a la piscina y han sacado conclusiones a la ligera. Según alguna de estas eminencias, la mediocridad de la gala es, en gran parte, consecuencia de que la gran ganadora de la noche, "El discurso del rey", es igualmente una película mediocre. Tales son las barbaridades escritas por Javier Belinchón en El País. Incluso el ADN se lanzó con un titular como "Oscars sin riesgo".

En exceso osada corrió aquí la tinta de las plumas de los periodistas. ¡Y es que llegan a decir que con otros premiados la gala hubiera sido más entretenida! ¿Acaso soy yo el único que veo que las carencias del guión de la gala no deben ser excusa para descalificar a los premiados? ¿En serio creen que dar el Oscar a "La red social" en vez de a "El discurso del rey" hubiera sido mejor, o a Fincher en lugar de a Hooper? La verdad es que resulta más que curioso que se echen de menos más premios para "La red social", porque nadie ha salido a la palestra a defender al filme de los hermanos Coen, que, siendo francos sí que se merecía más de un Oscar. No tengo la misma opinión para la película del patético protagonista. ¡Pero si es que incluso critican a la película por conservadora por el mero hecho de que trata de un rey!

Sólo daré la enhorabuena a la merecida ganadora de la noche. Fue, a mi parecer, la mejor película del año, a pesar de la soporífera gala. No puedo decir lo mismo del año pasado con "En tierra hostil" y Kathryn Bigelow, cuando, por cierto, no se discutió tanto la idoneidad de los premiados -los "Malditos bastardos" de Tarantino merecían más crédito. Tampoco nadie se ha dignado a cuestionar si los maravillosos secundarios de "El discurso" han sido menospreciados por la Academia.

Bendita Helena Bonham-Carter: mereció el Oscar.

Y, por cierto, creo que soy el único de este mundo que piensa que Scarlett Johansson estaba ESPECTACULAR. Aunque algo más delgada...


domingo, 27 de febrero de 2011

Nostradamus en el Kodak

¡HAGAN SUS APUESTAS!

Yo ya he hecho mi quiniela patricular, la cual expongo ahora para compararla con los resultados a posteriori: 

- Mejor película: Para la magnífica "El discurso del rey". Por favor, que dejen en paz al puñetero Facebook...

La escena inicial: Legen -wait for it- dary

- Mejor actor protagonista: Para el ENORME Colin Firth ("El discurso del rey"). Es imperdonable que aún no tenga ninguna estatuilla. Jeff Bridges podría ser una agradable sorpresa. Bardem ya tiene su premio con la nominación. ¡Eisenberg no! ¡Caca!

No te pongas nervioso, hombre. ¡Que te lo van a dar!
"El Nota" ataca de nuevo

- Mejor actriz protagonista: Natalie Portman, única estatuilla casi asegurada para "Cisne negro". 

Esta es la cara que se le quedaría a Portman de no ganar

- Mejor actor secundario: Única estatuilla para "El luchador": Chistian Bale. Aunque yo preferiría al gran Geoffrey Rush ("El discurso").

Bale, salido de "The Walking Dead", planea ponerse en huelga de hambre en caso de no ganar
Terapeuta del habla: enseña a hablar a Hollywood

- Mejor actriz secundaria: Helena Bonham Carter ("El discurso"), ¡por favor! ¡Jamás hará en su vida otro papel como éste! La frescura que le insufla a una película un tanto sobria es admirable. La otra opción es la jovencísima Hailee Steinfeld por "Valor de ley", que, siendo francos, lo borda. Y por cierto, no sé por qué la niña está nominada a mejor actriz secundaria si es la protagonista. Y me olvido de Jacki Weaver, ("Animal Kingdom") cuyo arquetipo de papel parece encandilar a los gustos americanos. Sinceramente, lo de Bonham-Carter es una súplica. Si tuviera que apostar lo haría por Weaver. Sólo por probabilidades. Ojalá me lleve una sorpresa.

"El discurso del rey", o Cómo Helena Bonham Carter puede enamorarte en una película

- Mejor director: A Hollywood se le tienen que acabar notando las vergüenzas comerciales: David Fincher por "La red social", nada desmerecido, por otra parte. Pero yo se lo daría a Hooper. Una pena el desapego a los Coen. Y por cierto, ¿dónde está Nolan? Debería ocupar la silla de David O. Russell.


Fincher, con una pose de chulería análoga a su protagonista

- Mejor guión original: "El discurso del rey", salvo sorpresa mayúscula.
- Mejor guión adaptado: "La red social", ídem de ídem.
- Mejor película de habla no inglesa: "Biutiful", casi con toda seguridad.


En fin... estas son mis apuestas. Aunque sin dinero, claro; no soy británico. Mañana comprobaré si iba acertado o no.

Y allá va mi tópico final:      [redoble]      AND THE OSCAR GOES TO...

The Oscar Night: Críticas

Al fin ha llegado el día. Hoy, por fin, es la noche de los Oscar. En realidad, no es que me entusiasme mucho la exhibición de toda la parafernalia de la Meca cinematográfica: el glamour de la alfombra roja, el espectáculo de la gala y demás paparruchadas. Pero creo que este ha sido un gran año para el cine, al menos en cuanto a la calidad de las películas. 

Ya en los Goya tuvimos varias grandes películas nominadas: "Pa negre", "Balada triste de trompeta", "Buried" y "También la lluvia". Y, salvando las enormes diferencias entre el cine español y el americano, algo parecido sucede este año en los Oscar. Las grandes favoritas, que acaparan la mayoría de las nominaciones, destacan claramente sobre el resto: "El discurso del rey", "Valor de ley", "La red social" y "Cisne negro". "El luchador" y "Los niños están bien", pese a tener varias nominaciones, se escapan de casi todas las apuestas.

 
La apuesta más sólida de la noche es "El discurso del rey", la obra maestra de Tom Hooper. Película británica, parte con 12 nominaciones repartidas entre todas las categorías importantes salvo la de mejor actriz principal. Si por mí fuera, he de reconocer que todos los premios irían a parar a este filme. Vamos, que les regalaría hasta el teatro Kodak entero a todos los genios que han hecho posible esta sublime obra de arte. 

Si tuviera que definir con dos palabras la película, éstas serían sin duda "delicadeza" y "elegancia". Es una de las películas más bellas y equilibradas que he visto en los últimos años, y su propia perfección radica en su simplicidad, tanto en lo argumental como en lo visual. He leído muchas críticas en contra de la película por estar desconectada de su contexto socio-político: el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Pues bien, si la película se centrara más en los temas de la política -introduciendo por ejemplo impactantes imágenes de bombardeos en Londres- perdería gran parte de su encanto: una preciosa historia de superación personal enmarcada en el estricto y protocolario entorno de la familia real británica sin caer en los prejuicios y en la melosidad típicos de otras muchas películas. Es la flema británica hecha cine.


"Valor de ley" ("True grit"), de los hermanos Coen, parte con 10 nominaciones, que en sí mismas ya suponen un premio. Pese a la gran cantidad de candidaturas, promete ser la gran decepción de la noche. Y es que Hollywood lo máximo que suele premiar a los directores independientes como los Coen es con la nominación. Y si no que se lo digan a Tarantino con su "Malditos bastardos" el año pasado: 1 de 9. En cuanto a la película -un remake del western de Hathaway de 1969 protagonizado por Jhon Wayne- he de decir que, como casi siempre sucede con los Coen, es visualmente preciosa: enmarcada en la América profunda de época de los western -sin ser la peli nada de eso-, los tonos ocres de la tierra nos ubican en la época; y los verdes y blancos de los árboles y la nieve, en la historia. En el punto de vista del argumento es igualmente genial, con un emotivo e intrigante prólogo ("There is nothing free, except the grace of God"), un inicio lento (sí, me gustan) y un epílogo memorable.


El contrapunto de "El discurso del rey" lo pone la película de David Fincher "La red social", con 8 nominaciones, y que se especula que puede ser la gran rival de la obra de Hooper. He de confesar que no me ha gustado demasiado. El aspecto visual y la banda sonora me gustaron bastante, pero el guión no me convence. No soporto la visión de los jóvenes que se da. Y tampoco me creo a Eisenberg en toda la película, por muy nominado que esté. Sólo veo a un niñato creído que se dedica a hablar como una bala durante toda la película, un fastidio para los que preferimos leer los subtítulos en la VO. Sospecho que su tema "de moda" (el cual tanto me repugna) es responsable de gran parte de su éxito. Sin embargo, recozco que la dirección de Fincher es impecable.


La otra gan baza es "Cisne negro", de Darren Aronofski. No la he visto aún, así que me abstengo de opinar sobre ella por el momento. Sólo diré, gracias a referencias externas, que tengo grandes expectativas basadas en su originalidad y su potencia visual. Por otra parte, el hecho de ser una propuesta diferente a lo que suele premiar la Academia parece que desencadenará un éxito limitado.
¡Ah! Se me olvidaba "127 horas", protagonizada por el presentador de la gala: James Franco. No sé porqué, pero intuyo que la Academia también se va a olvidar... Y que conste que no la critico. Aún no la he visto. 
Tampoco he mencionado hasta ahora "Origen", de Cristopher Nolan, candidata a muchos Oscar técnicos, los cuales estarían completamente merecidos. La banda sonora: espectacular también. Pero en cuanto al galardón a Mejor película, la cosa va a estar más que difícil. Es una gran película, pero no merecedora de Oscar.
No obstante, no hay que olvidar tampoco la presencia de dos excepciones como son "Toy Story 3" y "Biutiful". La una, perfecta película de animación cuyo reconocimiento, por ese mismo hecho, se limitará considerablemente; la otra, película extranjera capaz de catapultar a Bardem a una nueva nominación.