lunes, 30 de mayo de 2011

Hoy, mañana, siempre

A veces me sorprendo a mí mismo cuando me pongo a pensar sobre algunas cosas después de mucho tiempo. A veces no tanto tiempo. Es como cuando llevas mucho tiempo sin ver a una persona y, cuando la ves, rápidamente adviertes que ha cambiado, no sólo físicamente. En un primer momento piensas que el otro el que ha cambiado. Luego te lo replanteas. Quizá seas tú el que ha cambiado, y por eso le ves de otra manera. Eso mismo me ha sucedido hoy. No ha sido ningún reencuentro ni nada por el estilo. Solamente pensaba. No en mis cosas, sino en las cosas en general. Un momento filosófico, clásico en mí. Y me he sorprendido. 

Toda mi vida he odiado las rutinas. Esa horrible palabra: "rutina". Me imaginaba siendo un oficinista desquiciado, y la odiaba. La sensación de monotonía podía conmigo. Siempre había pensado que lo mío era salirme de las rutinas. Eso sí, de una forma caprichosamente controlada. Pero hoy, conducido por las circunstancias, he llegado a la conclusión de que las necesito. Porque apenas soy capaz de escapar de ellas. Todo depende de mi ánimo. Y a ese cabrón si que no lo puedo someter a rutinas. Necesito tener un lugar al que ir fuera de mi casa sin depender de mi ánimo, ya sea la universidad o la pista de tenis para entrenar. Este verano, sin rutina, va a ser duro, como casi todos los anteriores. Sin rutina me va mal. La rutina me da un rumbo. Un horizonte. Un sentido.

Hoy prefiero las rutinas. Vete a saber tú qué preferiré mañana. Uno no puede bañarse dos veces en el mismo río. Ya lo dijo Heráclito hace varios siglos. Pensando probablemente algo parecido a lo que ahora pienso yo. Y aunque en parte discrepo con su pensamiento, cuánta razón tenía este griego. No se puede vivir en el futuro, porque no sabemos quiénes seremos para cuando llegue. Sólo sé quién soy. Y apenas.

domingo, 29 de mayo de 2011

Monothematic man

El hombre monotemático se despierta por la mañana, porque ES LA HORA de levantarse. 

Hace ejercicio, porque HAY QUE hacerlo para estar sano. 
Estudia duro, para ESTAR preparado para su monofunción. 
Hace lo que todos para no parecer LOCO.
Tiene amigos PARA parecer normal.
Vive para SER rico.
Duerme 8 horas por la noche, porque es BUENO hacerlo. 

Pero el hombre monotemático se cansa de su dimensión, opípara uniformidad, como la protagonista de "La rosa púrpura del Cairo". Encajando piezas. Y borrando huellas. Subliminales. Se levanta del suelo y se sacude el polvo que, uniforme y paulatinamente cubre todo aquello que adolece de monotonía. Y se lamenta –¿cómo si no?–. Por haber nacido cubierto de una capa finísima de polvo de la que no se puede desprender. Una capa que ni los seres más neuróticos alcanzan a ver. Pero que está ahí. Y los separa inevitablemente. Porque sólo son unos milímetros, quizá menos, de mentira y simulación. Pero no importa el tamaño de la mentira. Sólo hay una meta en esta vida y es la verdad. Todo lo demás es polvo y aire.