A veces me sorprendo a mí mismo cuando me pongo a pensar sobre algunas cosas después de mucho tiempo. A veces no tanto tiempo. Es como cuando llevas mucho tiempo sin ver a una persona y, cuando la ves, rápidamente adviertes que ha cambiado, no sólo físicamente. En un primer momento piensas que el otro el que ha cambiado. Luego te lo replanteas. Quizá seas tú el que ha cambiado, y por eso le ves de otra manera. Eso mismo me ha sucedido hoy. No ha sido ningún reencuentro ni nada por el estilo. Solamente pensaba. No en mis cosas, sino en las cosas en general. Un momento filosófico, clásico en mí. Y me he sorprendido.
Toda mi vida he odiado las rutinas. Esa horrible palabra: "rutina". Me imaginaba siendo un oficinista desquiciado, y la odiaba. La sensación de monotonía podía conmigo. Siempre había pensado que lo mío era salirme de las rutinas. Eso sí, de una forma caprichosamente controlada. Pero hoy, conducido por las circunstancias, he llegado a la conclusión de que las necesito. Porque apenas soy capaz de escapar de ellas. Todo depende de mi ánimo. Y a ese cabrón si que no lo puedo someter a rutinas. Necesito tener un lugar al que ir fuera de mi casa sin depender de mi ánimo, ya sea la universidad o la pista de tenis para entrenar. Este verano, sin rutina, va a ser duro, como casi todos los anteriores. Sin rutina me va mal. La rutina me da un rumbo. Un horizonte. Un sentido.
Hoy prefiero las rutinas. Vete a saber tú qué preferiré mañana. Uno no puede bañarse dos veces en el mismo río. Ya lo dijo Heráclito hace varios siglos. Pensando probablemente algo parecido a lo que ahora pienso yo. Y aunque en parte discrepo con su pensamiento, cuánta razón tenía este griego. No se puede vivir en el futuro, porque no sabemos quiénes seremos para cuando llegue. Sólo sé quién soy. Y apenas.