sábado, 30 de abril de 2011

Un punto de apoyo

Arquímedes dijo una vez: "Denme un punto de apoyo y levantaré el mundo". Una gran verdad que trasciende los límites de física. Y hoy lo he podido comprobar en mis propias carnes.

Resulta increíble cómo una cosa tan pequeña puede suponerte todo un punto de inflexión. En mi ánimo, en este caso. Vengo de estar asfixiado por prácticas, exámenes y demás paranoias que no vienen al caso y que ni yo mismo conozco. Y ahora, lo único que necesito es jugar a tenis. Es mi punto de apoyo. Empiezo a llegar a la conclusión de que no puedo vivir sin este deporte, que me deprimo cuando estoy un tiempo sin jugar. No sé qué haré cuando no pueda jugar. Probablemente me acabe dejando la salud y la paciencia sobre la pista. Pero seré lo más parecido a una persona feliz. Y me parece que es de la única manera que puedo serlo.

La fórmula del problema es la siguiente:

Un idiota enfadado con el mundo
+
una victoria por 6-3 6-0 con buenas sensaciones ante un rival que se me solía atragantar
=
Un idiota contento

A ver cuánto tardo en refutarla. Que no sea pronto.

Sólo decir que no digo nada

Esto es como las clases de estadística. Sr. Profesor: no me pregunte. Sabe que no lo entiendo y que no quiero preguntar. Que me estoy peleando conmigo mismo por no ponerme a gritar y salir corriendo. O algo peor. En fin: la historia de mi vida.

Qué voy a decir. Nada. Ya lo sabéis de sobra. Escribir es algo que ha de hacerse con entusiasmo. Y eso es lo que me falta. No tengo ganas de escribir sobre nada. No agradeceré a "Sé lo que hicisteis" sus 1000 programas –sin Ángel, por cierto–, por mucho que me encantara o me encante el programa. No haré una entrada sobre la apabullante contundencia visual del último tramo de "Cisne negro" y sobre lo gilipollas que me parece Carlos Boyero por tacharlo de efectismo. No escribiré sobre las ganas que tengo de ver al mejor tenista de todos los tiempos en vivo y convencerme de que habría que taparle la boca a más de uno que hace de Nostradamus. Tampoco diré nada sobre la gratitud que siento hacia cierta personilla por alegrarme las tardes con sus lloros, sus juegos, sus risas... y enfadarme también por lo mismo. Nada. Mi futuro tendrá que esperarme.

Puede ser el final de este blog. O el final de algo más. Todo es incierto. Pero lo prefiero así. Que mi vida no sea nunca un objeto de estadística. No quiero ser uno más en el número de periodistas en paro. Ni de amigos en Facebook, Twitter o a saber tú qué otra mierda de red social. Hoy no quiero rutina. Será porque la echo de menos.