He intentado resistirme, pero definitivamente he sido incapaz. Hace varias semanas fui al cine a ver la nueva película de Woody Allen, "Midnight in Paris", espoleado por las buenas críticas y por mi admiración por el director norteamericano. Y como si no digo lo que quiero decir exploto, al menos lo comento aquí y se me suaviza un poco el ánimo.
Hace ya bastante tiempo que los críticos, cada día más exigentes y postmodernos en sus gustos, nos hacen creer que los grandes directores del pasado están en franca decadencia y que sus obras actuales no se encuentran al al nivel de las de antaño. Woody Allen es uno de los principales integrantes de una lista en la que también figuran Scorsese, Polanski, Coppola, Shyamalan o incluso Tarantino ("Malditos bastardos" no agradó a todos, y en parte con razón). Todos ellos están en esta lista de insignes directores por motivos diversos. El del Sr. Allen es que está tan enamorado del cine que está empecinado en filmar una película al año. Y, claro está, en esta producción rutinaria, casi en cadena, a veces salen productos extraordinarios, y otras veces menos. Cada uno de sus estrenos parecía ser el clavo defenitivo para sellar el ataúd cinematográfico en el que los especialistas le emplazaban. "El sueño de Casandra" y "Vicky Cristina Barcelona" fueron infumables. "Scoop" tampoco dio la talla. Pero sólo fue una breve mala racha de unos cinco años en una carrera de más de cuarenta. Ojalá muchos pudieran decir lo mismo.
Pero vayamos al grano: Woody Allen ha hecho lo que se espera de él: una comedia divertidísma con un trasfondo moralizante muy evidente. "Midnight in Paris" me ha parecido un certero recorrido transversal a través del sentimiento de la nostalgia. Y yo, nostálgico por naturaleza, tenía que identificarme por fuerza con este protagonista tan típico de la filmografía de Allen: un artista con un bajón creativo que no está decidido a continuar con su faceta artística por la falta de comprensión y apoyo provenientes del exterior.
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El protagonista –bien interpretado por un Owen Wilson que hasta ahora no me inspiraba simpatías– vive atenazado por la nostalgia. Escribe decrépitos guiones para Hollywood sólo por dinero, aunque desea escribir una novela en la que plasmar su talento. Siendo él un enamorado de la cultura del París de los años 20, la capital francesa perece ser el lugar ideal para dar rienda suelta a su creatividad. No obstante, su novia y algunas compañías no dejan de frustarlo.
Todas las madrugadas, cuando cae la medianoche, el protagonista sufre unos curiosos episodios, que no especificaré para no destripar el argumento. La gente que conocerá durante estos episodios le hará ser consciente de lo absurdo del extremismo de su nostalgia, así como verá solucionado su bache creativo con la ayuda de una personalidad insigne. Y es que la nostalgia nos hace caer en una vorágine contradictoria en la que nos engañamos a nosotros mismos pensando que un tiempo pasado fue mejor. El personaje de Marion Cotillard nos transmite brillantemente estas enseñanzas –amén de alegrar las vistas al sexo masculino– contribuyendo a un final trágico de los que hacen que valores la historia, por muy disparatada que haya sido.
Poco más que decir de esta deliciosa comedia. A los seguidores de Allen les gustará. Y a los que no lo son tanto puede que también. Un nombre más en mi eterna lista de recomendaciones...
¡Ya te vale, hereje!
