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No podía aquel que decía que en el arte está todo inventado
estar más equivocado. El estreno en 1988 con inesperado éxito de crítica y de
público de "Cinema Paradiso" supuso la apertura por parte del ilustre cine
italiano de una senda inexplorada: el impacto del propio cine en la vida de las
personas.
Resulta difícilmente comprensible lo pocas que son las
películas que versan sobre cine. Es como si el séptimo arte, antes de esto,
tuviera un complejo de inferioridad con respecto a las otras artes que, unas
más que otras, habían planteado enfoques autoreferenciales (véase, la pintura
con Vermeer o Velázquez, por poner ejemplos de renombre). Tornatore, al mando
de la dirección, da un paso más allá y no habla sobre mundo del cine como
industria, algo que ya hizo “Cantando bajo la lluvia” hace décadas, sino sobre
el cine como costumbre, como pasión y como medio de vida; un regalo para todo
aquel que se considere cinéfilo.
“Cinema Paradiso” ofrece al espectador, con su bellísima
historia ambientada en la Italia más profunda, dos núcleos que no dejan de
fundirse y de chocar en las dos horas que dura la película. El uno, el cine, y
el otro, la historia de Salvatore desde su más tierna infancia. Veremos como “Totó”
crece como persona, mientras que su amado cine, representado por el edificio
del “Cinema Paradiso” y su cabina de proyección, entra en decadencia. A su vez, la historia se desarrolla
en torno a tres líneas temporales (niñez en la posguerra, juventud en los años
60 y madurez en la actualidad), cohesionadas precisamente por la relación del protagonista
con el séptimo arte.
No en vano ha pasado “Cinema Paradiso” a la posteridad. Es
una obra maestra de nuestro tiempo en lo referido a la conexión con la sensibilidad
del espectador, sólo a la altura de las mejores historias del narrador por
excelencia Clint Eastwood. Su profundo carácter de melodrama conmueve tanto que
no debería aquel que pretenda verla alejarse demasiado del paquete de pañuelos
de rigor. La identificación del espectador con el personaje de “Totó”, tanto de
niño como de joven y adulto, es doblemente intensa gracias no solo a lo
entrañable del mismo sino también a que compartimos –y aquí me incluyo– la apasionada
cinefilia que profesa el protagonista. Para colmo, el toque cómico-costumbrista
de ciertas escenas sirve, paradójicamente, para acrecentar el melodramático
final. Para cuando el drama golpea, estabas aún encariñado con los entrañables
personajes perfilados por Tornatore. Y las emociones afloran.
Para redondear la obra, cabe destacar la brillantez de su
apartado técnico. Tornatore lleva a cabo una dirección más que destacable. Nos
dibuja en las abundantes escenas de exteriores un retrato tan idílico como
realista de la vida en la Italia profunda, así como emplea un lenguaje
cinematográfico rico en recursos tales como unas elipsis visuales de una gran
belleza plástica. La banda sonora de la película, compuesta por el más que
experimentado Ennio Morricone, merece especial mención. El compositor italiano
(“El bueno, el feo, el malo”, “Érase una vez en América”) se confirma como uno
de los mejores en su campo (junto con ilustres como John Williams) y nos regala
para este filme un inolvidable leitmotiv
que capta a la perfección su esencia en parte nostálgica.
La conclusión final sobre el cine es muy alarmante. Se nos
muestra la realidad del cine desplazado como entretenimiento colectivo. Así le sucede
al Cinema Paradiso, que antaño llegó a ser el único divertimento de todo un
pueblo que acudía a la sala a molestar, a hacer obscenidades, a enamorarse; a
vivir, al fin y al cabo. Pero la vieja sala no consigue salir a flote ni con
todas las sesiones picantes del mundo. La película es, en último término, una
llamada de atención a todos los que amamos este arte; somos nosotros, en mayor o menor grado, los que lo hemos desvinculado del gran público, y en definitiva,
lo hemos condenado a la marginalidad más elitista.
Somos cinéfilos porque entendemos el cine como una vía de
escape de sensibilidad, tal como es el arte en general vehículo de expresión de
humanidad en el más alto estadio; porque en el fondo somos y seremos como ese niño que jugaba con el celuloide y emulaba a Clark Gable y John Wayne. A bien seguro, y esto es lo que
convierte “Cinema Paradiso” en una obra atemporal, haríamos lo que hiciera
falta para evitar su desaparición, cualesquiera que sean las amenazas que sobre él se ciernan.

