lunes, 10 de octubre de 2011

El cine, desde el hombre

filmaffinity
No podía aquel que decía que en el arte está todo inventado estar más equivocado. El estreno en 1988 con inesperado éxito de crítica y de público de "Cinema Paradiso" supuso la apertura por parte del ilustre cine italiano de una senda inexplorada: el impacto del propio cine en la vida de las personas.
Resulta difícilmente comprensible lo pocas que son las películas que versan sobre cine. Es como si el séptimo arte, antes de esto, tuviera un complejo de inferioridad con respecto a las otras artes que, unas más que otras, habían planteado enfoques autoreferenciales (véase, la pintura con Vermeer o Velázquez, por poner ejemplos de renombre). Tornatore, al mando de la dirección, da un paso más allá y no habla sobre mundo del cine como industria, algo que ya hizo “Cantando bajo la lluvia” hace décadas, sino sobre el cine como costumbre, como pasión y como medio de vida; un regalo para todo aquel que se considere cinéfilo.
“Cinema Paradiso” ofrece al espectador, con su bellísima historia ambientada en la Italia más profunda, dos núcleos que no dejan de fundirse y de chocar en las dos horas que dura la película. El uno, el cine, y el otro, la historia de Salvatore desde su más tierna infancia. Veremos como “Totó” crece como persona, mientras que su amado cine, representado por el edificio del “Cinema Paradiso” y su cabina de proyección, entra en decadencia. A su vez, la historia se desarrolla en torno a tres líneas temporales (niñez en la posguerra, juventud en los años 60 y madurez en la actualidad), cohesionadas precisamente por la relación del protagonista con el séptimo arte.
No en vano ha pasado “Cinema Paradiso” a la posteridad. Es una obra maestra de nuestro tiempo en lo referido a la conexión con la sensibilidad del espectador, sólo a la altura de las mejores historias del narrador por excelencia Clint Eastwood. Su profundo carácter de melodrama conmueve tanto que no debería aquel que pretenda verla alejarse demasiado del paquete de pañuelos de rigor. La identificación del espectador con el personaje de “Totó”, tanto de niño como de joven y adulto, es doblemente intensa gracias no solo a lo entrañable del mismo sino también a que compartimos –y aquí me incluyo– la apasionada cinefilia que profesa el protagonista. Para colmo, el toque cómico-costumbrista de ciertas escenas sirve, paradójicamente, para acrecentar el melodramático final. Para cuando el drama golpea, estabas aún encariñado con los entrañables personajes perfilados por Tornatore. Y las emociones afloran.
Para redondear la obra, cabe destacar la brillantez de su apartado técnico. Tornatore lleva a cabo una dirección más que destacable. Nos dibuja en las abundantes escenas de exteriores un retrato tan idílico como realista de la vida en la Italia profunda, así como emplea un lenguaje cinematográfico rico en recursos tales como unas elipsis visuales de una gran belleza plástica. La banda sonora de la película, compuesta por el más que experimentado Ennio Morricone, merece especial mención. El compositor italiano (“El bueno, el feo, el malo”, “Érase una vez en América”) se confirma como uno de los mejores en su campo (junto con ilustres como John Williams) y nos regala para este filme un inolvidable leitmotiv que capta a la perfección su esencia en parte nostálgica.
La conclusión final sobre el cine es muy alarmante. Se nos muestra la realidad del cine desplazado como entretenimiento colectivo. Así le sucede al Cinema Paradiso, que antaño llegó a ser el único divertimento de todo un pueblo que acudía a la sala a molestar, a hacer obscenidades, a enamorarse; a vivir, al fin y al cabo. Pero la vieja sala no consigue salir a flote ni con todas las sesiones picantes del mundo. La película es, en último término, una llamada de atención a todos los que amamos este arte; somos nosotros, en mayor o menor grado, los que lo hemos desvinculado del gran público, y en definitiva, lo hemos condenado a la marginalidad más elitista.
Somos cinéfilos porque entendemos el cine como una vía de escape de sensibilidad, tal como es el arte en general vehículo de expresión de humanidad en el más alto estadio; porque en el fondo somos y seremos como ese niño que jugaba con el celuloide y emulaba a Clark Gable y John Wayne. A bien seguro, y esto es lo que convierte “Cinema Paradiso” en una obra atemporal, haríamos lo que hiciera falta para evitar su desaparición, cualesquiera que sean las amenazas que sobre él se ciernan.

2 comentarios:

  1. Bueno!sigo esperando otra actualizacion!!!

    Yo cerre mi blog porque he econtrado mi plataforma perfecta: tumblr.
    si quieres verlo aqui tienes la dire : www.loveofindie.tumblr.com

    ResponderEliminar