viernes, 31 de diciembre de 2010

Un sueño llamado periodismo

Érase una vez, no ha mucho tiempo, un medio de comunicación en forma de ondas hertzianas. La pueril masa social, asombrada por su novedad, optó por aceptarlo. En toda choza de la inmunda ciénaga que conforma la piel de toro, sus ignorantes inquilinos poseían uno de estos aparatos.

En un primer momento, en nuestro amado país, dicho aparato fue utilizado como instrumento de poder, manejado por las pérfidas manos de un asesino. Pese a ello, muchos idealistas alzaron el medio sobre el abismo del fascismo, sin miedo alguno a que su vida fuera segada frente a cualquier paredón. Pero, afortunadamente, el asesino agonizó y murió. Y el medio, floreció cual primavera silvática.
Años de gloria fueron los venideros para los valientes que alzaron, no su mano, sino su pluma y su micrófono, frente a los males del ruedo ibérico. Y, aquestos bravos prosiguieron su labor e hicieron posible el sueño de otros muchos: ni más ni menos que contar la verdad. Y con su humilde acción, los héroes enriquecieron el cenagal nacional y lo convirtieron en fértil campo de cultivo, en próspera cultura.
Pero todo héroe se enfrenta a una sombra. A la ciénaga transpirenaica, la umbría llegó disfrazada de libertad de medios, de renovación. Los villanos deslizaron su codicia bajo el manto de su disfraz, y, poco a poco, se apoderaron de las emisiones y las convirtieron en el más ansiado instrumento de poder, más potente que cualquier ejército que haya desfilado sobre la faz de la tierra.
Los grandes señores de la guerra, dada su violenta naturaleza, luchaban encarnizadamente por la hegemonía en un mundo de lobos. Las armas del tirano transalpino resultaron más fuertes, pero la batalla nunca llegó a cesar. No obstante, el fragor de la batalla siempre otorga oportunidades al que sabe mantenerse al margen. Con etérea fragilidad y con poca fuerza, surgieron algunos medios independientes. La música de Häendel acompañó estos instantes de su breve travesía.
Mientras tanto, los señores de la guerra, enfrascados en su titánica lucha, permanecieron algún tiempo ajenos de la maravillosa ave que volaba a su alrededor. Sin embargo, la esencia de los malvados es el mal, y se dieron cuenta de que podían infringir un mal mayor mal aún atacando al ave que luchando entre ellos. Eso hicieron: se fusionaron, y de manera apabullante, degollaron al bello y esquivo espécimen. A los pies de los titanes, los pocos que apreciaban el canto del ave, lloraron ante su agonía y gritaron de impotencia ante su muerte. Una parte de sus sueños murieron con la frágil ave, cuya alma ascendió al cielo de la razón, el único paraíso verdadero.

 
El pasado 28 de diciembre, CNN+ suspendió sus emisiones para dar paso a un canal de Gran Hermano 24 horas. La fusión entre Tele5 y Cuatro está dando sus frutos a una velocidad pasmosa. Y, mientras, quizá el único canal de televisión independiente que hacía periodismo objetivo se ha desvanecido cual paradisiaco espejismo.
El periodismo se muere y la ignorancia reina en las audiencias, y es lo que ellos quieren.
Veni vidi vici, señor Vasile.


lunes, 20 de diciembre de 2010

Bendita televisión

Esta vez, voy a intentar resarcirme un poco del torrente de pesimismo que derramé con el post anterior, mirando esta vez la esquiva cara bella del televisor. Una cara amarilla que deleita, divierte y culturiza.

En efecto, el estado de la televisión actual es cuanto menos crítico, y todo lo que en ella aparece lo demuestra. La parrilla televisiva está inundada de productos infames, sea cual sea su vertiente. Por un lado, el periodismo televisivo está sembrado del más absoluto sensacionalismo y la ética periodística ha sido vapuleada hasta la saciedad. Por otro lado, el entretenimiento se nos disfraza de producto novedoso cuando realmente se trata de chabacanería pura y dura.
No obstante, en el ennegrecido panorama televisivo, muy puntualmente surgen productos que escapan a la decadencia de su sector; productos que marcan una época. Es complicado, pero si nos esforzamos en encontrarla, podemos atisbar la luz al final del túnel. Y es que a veces, todos los que dicen que la televisión no es cultura, que sólo es in instrumento para difundir un modelo de conducta borreguil, se tienen que comer sus propias palabras. Dado que las excepciones son tremendamente escasas, voy a ser arbitrario y me voy a centrar en una sola de ellas: “Los Simpsons”.

Es posible que sea un freak, pero la gran mayoría de los días, mis mejores momentos los paso frente al televisor a la hora de comer. La genialidad de “Los Simpsons” es tal que incluso se me olvida la repulsión que siento por el canal en el que se emite; y pocos programas logran esta hazaña conmigo. Esta serie es puro arte, un derroche de ingenio; tanto que ni siquiera me importa ver una y otra vez los capítulos repetidos. Su grandeza no tiene límites, y cada día me embelesa aún más.
“Los Simpsons” no es simplemente una compilación de personajes graciosos (que lo son), sino que la ciudad de Springfield supone un microcosmos que, mediante la exageración y la ironía, muestra los más profundos defectos de la sociedad capitalista modélica: la norteamericana. Con ello, la serie consigue que todo el mundo occidental se mire en su delirante espejo y se ría de sí mismo. Lo más fácil es quedarse en la superficie y reírse con sus magníficos gags, pero es una serie pensada para que veamos más allá del humor que rebosa.
Matt Groening nunca pudo imaginar el éxito universal que lograría esa familia amarilla que un día dibujó en una servilleta. No cabe inicio más humilde para un producto tan extraordinario. No soy, ni mucho menos, el único que predica la grandiosidad de esta serie, pues son incontables los críticos que la elevan al Olimpo del devaluado arte televisivo. “Los Simpsons” se encuentra en las primeras posiciones de todo ranking televisivo que se precie, y aparece igualmente en los “salones de la fama” de las clasificaciones generales, por delante de joyas del séptimo arte.

Como fan incondicional de la serie, me ha sido posible advertir una evolución bastante evidente de la serie a lo largo de su prolongada existencia, que se remonta al año 1989 (son ya más de 20 años de deleite). Así, podemos diferenciar tres grandes etapas:
-       La primera de ellas es el periodo más breve, pero no por ello menos importante; se trata de la etapa inicial de la serie (de mano de la tiránica cadena generalista americana FOX), o como a mí me gusta llamarla: proto-Simpsons. Este es el momento en el cual la serie da sus primeros pasos, ya con muchas de las características que la harán famosa; véase, la utilización del modelo de familia tradicional, la inestabilidad de dicho núcleo familiar y el histrionismo de las conductas de sus miembros. Sin embargo, la serie carece aún de rasgos fundamentales en el futuro como una psicología consolidada en los familiares (que representan los problemas de la sociedad) y el asentamiento de Springfield (tanto sus gentes como sus lugares) como personaje fundamental. La etapa inicial engloba el periodo comprendido entre el estreno de la serie en televisión y la primera temporada de la misma, ambos inclusive. A su vez, podemos distinguir dos sub-etapas dentro de esta: una de formación, correspondiente al periodo de cortometrajes; y otra de consolidación, que corresponde a la primera temporada en televisión como serie de treinta minutos.
-       La segunda etapa es, sin lugar a dudas, la etapa de esplendor de “Los Simpsons”. La serie alcanza difusión internacional y se introducen multitud de novedades en el desarrollo. Los cambios que merecen especial mención son la inclusión de referencias culturales, la introducción de la psicología de los personajes y su pasado, y el asentamiento de los personajes de los vecinos de Springfield y los lugares del pueblo. Es en este momento, que abarca desde la segunda temporada (incluida) hasta algún punto entre las temporadas 11ª y 14ª, cuando la serie alcanza su clasicismo: gran simbolismo, mordaz crítica social, ritmo cómico ágil y fresco, amplias referencias culturales… Sin embargo, ni siquiera en esta etapa clásica podemos hallar completa homogeneidad, sino que, igualmente, se aprecian dos sub-etapas: la hegemónica (T2ª-T9ª) y la mediana (T10ª-T14ª). Gran parte de los mejores capítulos pertenece a la etapa hegemónica, como Rasca, Pica y Marge (T2ª), Dos autos en cada garaje, tres ojos en cada pez (T2ª), Homer, el hereje (T4ª), Última salida a Springfield (T4ª), El señor Quitanieves (T4ª), Lisa contra Stacy (T5ª), El cabo del miedo (T5ª), Especial noche de brujas V (T6ª), Homer, hombre malo (T6ª) y Homer, el grande (T6ª). Y esto sólo por citar algunos... No obstante, esto no significa que la etapa mediana sea mediocre en absoluto. En ella abundan escenas que nos hacen, cuanto menos, quitarnos el sombrero. Recordemos, por ejemplo, aquella escena de los mafiosos que se dirigen, liderados por Tony “el gordo”, a matar a Homer (el jefe de policía en ese momento) mientras suena la sintonía de cabecera de “Los Soprano” (Papá tiene una nueva placa, T13ª).
-       La última etapa, en la que actualmente la serie se halla sumida, es la etapa de decadencia, o pseudo-Simpsons. Desgraciadamente, más de veinte temporadas son muchas y la serie se está resintiendo de forma pavorosa. “Los Simpsons” está de capa caída y mucho me temo que no volverá a levantar cabeza. La serie se ha quedado sin recursos (puede que por el continuo cambio de guionistas o, simplemente, por ley natural), y su estado actual es una agonía insoportable. Muestra de ello son las últimas temporadas, que han perdido todo su dinamismo y la mayoría de su crítica social. Los personajes ahora están desdibujados, y las tramas disparatadas, en lugar de otorgar frescura, dejan en evidencia lo pueril de los recursos y los gags utilizados. La serie sólo tiene ya valor como referencia cultural, y se ha convertido en un revoltijo de números musicales que desbaratan la coherencia hiperbólica de la que la serie hacía gala. Y sin embargo… ¡sigue siendo una de las mejores opciones de la parilla!

“Los Simpsons” ha tenido una trayectoria brillante y se ha convertido, con toda seguridad, en la mejor serie de animación de la historia de la televisión. He crecido con esta serie y mi evolución personal no ha hecho cambiar ni un ápice mi fascinación por ella; más bien todo lo contrario. Por ello, es indescriptible el dolor que siento al decir esto: la serie debe ser cancelada. Soy realista, y entiendo que en un mundo tan capitalista como el nuestro la cultura y los principios no importan. Y es que, no nos engañemos, “Los Simpsons” sigue siendo la gallina de los huevos de oro. Pese a su dramático descenso de calidad, la serie sigue proporcionando cuantiosos ingresos a sus productores y a sus emisores, y no se cancelará hasta que deje de ser rentable. Ante esta situación, los fieles seguidores de la serie (al menos en mi caso) sufrimos un calvario cada vez que vemos su evolución (la película es buen ejemplo de ello). Espero que, algún día, el clamor de unos pocos se haga unánime y la serie sea cancele. Será un día aciago, pero por fin podremos respirar en paz.
Para colmo, la tortura de los seguidores de la serie se ve acrecentada por su emisión en España por parte Obscena 3 Televisión (una denominación acertada). Esta emisora privada, se aprovecha del tirón de la serie y comete auténticas atrocidades durante su emisión. Por ejemplo, la cantidad de publicidad emitida, que, además se coloca a mitad de capítulo, es desmesurada. Antena 3 no mutila los diálogos con los cortes publicitarios, no así Neox, donde los cortes publicitarios interrumpen los diálogos y los chistes. La indecencia de las emisiones de Neox es tal que, en un capítulo, el canal cometió la frivolidad de suprimir el chiste final. ¡Y todo ello sólo por sincronizar la publicidad de los canales! Es intolerable. Es más: debería ser ilegal. Pero en este mundo manda el dinero, motor popular que se antepone a la dignidad de la audiencia y del producto emitido.
Siendo objetivo, he de hacer un inciso. Así, tengo mitigar mi ataque a la cadena triste y admitir que el doblaje español es soberbio, especialmente con Carlos Revilla poniendo voz a Homer. No obstante, la serie se resintió mucho tras su muerte que, curiosamente, coincidió con los inicios del periodo de decadencia (T12ª).

Para terminar, quiero recalcar la consigna (no sólo mía) a favor de la cancelación. Y es que una serie que nos ha proporcionado tantos buenos momentos como “Los Simpsons” merece morir en paz.
Descanse en paz.


lunes, 13 de diciembre de 2010

La televisión de hoy en día

No soy la mejor persona para opinar acerca de la situación del periodismo actual; solamente un estudiante de 1º de Periodismo y Comunicación Audiovisual rebosante de ilusiones y de buenas intenciones. No soy, y seguramente no seré nunca, una persona famosa y reputada cuya opinión sobre una cuestión tan trascendental a alguien le interese escuchar o leer. Reconozco que soy un idealista, que siempre he querido cambiar el mundo y que tengo firmemente enraizado en mi carácter el entusiasmo por defender lo que está bien. Y por ello, no puedo menos que quedar repugnado, asqueado, hastiado, y sobre todo decepcionado cuando veo el burdo sensacionalismo del que hace gala la televisión en nuestra era.
Hoy, he encendido la televisión, esa tiránica máquina que esclaviza nuestras conciencias, y he sido consciente de su putrefacción. De acuerdo, ¡no he descubierto América!; esto lo sabemos todos. Pero, pese a ello, le entregamos nuestro maravilloso tiempo al detestable aparato y nos arrodillamos frente a él, como si esperáramos un inminente golpe de gracia que, sí, acaba llegando. Estamos a su merced. Amén.
Hoy, he puesto el canal público, líder de audiencia, exponente de lo que debe hacerse en el negocio audiovisual, y mi rabia se ha desatado. Después de sufrir durante algunos minutos la tortura de los telefilmes baratos que acaparan las franjas de audiencia de la sobremesa y embotan cualquier mente , ignorante o no, comienza el espacio vespertino de “actualidad” y “sociedad”. Sin duda, tengo ante mis ojos el baluarte máximo del negocio televisivo. ¿Y qué me encuentro? La decadencia, en todo su esplendor; vulgar sensacionalismo, taimado villano.
Resulta que una pobre familia andaluza había perdido su casa por motivo de una inundación. A cualquier persona este hecho le entristecería, pero a los sabuesos de la comunicación no; a ellos les atrae el olor de la catástrofe y el rumor de la desolación. Nadan en el efectista mar de la información, que baña las costas del continente de la desesperanza, iluminados con rayos de ignorancia por el astro de la audiencia. Mientras la propietaria de la casa lloraba desconsolada ante la pérdida de su hogar, el periodista acercaba el micrófono, el cámara fijaba el plano y yo vomitaba insultos y cólera a partes iguales. El sensacionalismo televisivo ya no es una fórmula, sino una constante. Los medios necesitan que la mujer llore, que el ladrón atraque, que el asesino mate y su víctima se desangre, y todo delante de las cámaras; y lo peor es que nosotros necesitamos verlo. No podemos negarlo, si esto no fuera verdad no emitirían estos programas.
Prefiero pensar que soy un catastrofista, que mis lúgubres elucubraciones no son acertadas y que, en realidad, la causa del sensacionalismo televisivo es únicamente el interés humano y la necesidad de saciar ese interés por parte de los medios. Prefiero pensar que la película de Bergman de la que disfruté antes de encender la televisión me puso sentimental, trascendental y romántico. Pero cuanto más veo la televisión, más convencido estoy de lo contario. La televisión puede ser un medio magnífico, transmisor de cultura como antaño lo fue (algunas reminiscencias de su antigua gloria aún nos quedan), pero se está convirtiendo en una abominación. Restablezcamos su antiguo esplendor si todavía queremos gozar de un periodismo digno. 
Cuando la infame bestia del sensacionalismo televisivo se atisbe por el horizonte de la parrila, yo cambiaré de canal. Y espero no ser el único, o estaremos condenados.

Réquiem por un sueño llamado periodismo.

El nacionalismo

Pocos males han hecho temblar los cimientos de nuestra sociedad humana con tanta virulencia como la lacra nacionalista. Esta convicción intento transmitirla en una breve introducción poética a otra práctica de la universidad, en la que critico esta ideología y sus aplicaciones, pero siempre dejando una puerta abierta al optimismo y la amnistía.

La sociedad humana se halla contaminada de un germen de alarmante peligrosidad. Los seres humanos danzan condicionados como marionetas en el espectáculo de la política, siguiendo los pasos de un canon, cual sagradas escrituras, que nadie osa siquiera cuestionar. La élite política, titiritera del panorama, mueve con gracilidad siniestra los hilos de la sugestión colectiva, con la impunidad de los sicarios bajo el manto de la Luna. Florece el día iluminado con acritud bajo la cruz gamada, mas los hilos que cautivan a los títeres se quebrarán cual enfermizo árbol azotado por gloriosa tempestad. Liberóse el antes pendiente, y con etérea gracia, desplegó las nacaradas alas del raciocinio y dejó en tierra tales pérfidas alimañas, para jamás ser ya cautivo por sus garras ni por el lastre de su aturdimiento, con el olivo por siempre ya como divisa.

G. Orwell: "El nacionalismo es el hambre de poder templada por el autoengaño"
M. de Unamuno: "Petulante vanidad de un pueblo que se cree oprimido"
A. Schopenhauer: "Cuantas menos razones tiene un hombre para enorgullecerse de sí mismo, más suele enorgullecerse de pertenecer a una nación"

"La belleza salvará al mundo"

Creía que este momento no llegaría nunca, pero aquí me hallo. En fin, allá va mi primera publicación en un blog.
Se trata de un pequeño texto literario, escrito para una práctica de la universidad. Es un diario personal ficticio en el que narro la historia de un hombre nostálgico al que el incesante progreso social ha dejado perturbado, solo y resentido. Está basado en una joya de la literatura del siglo XX: 1984, de George Orwell. He incluido algunas referencias culturales: a Fiódor Dostoievski, a la escuela de Fráncfort, a Marilyn Monroe, a José Ortega y Gasset, e incluso al filme Gladiator.

Día 2 de diciembre de 2045
Hoy sucederá lo inevitable. Este mundo no tiene sentido y no merece la pena que continúe su agonía. Démosle el fin que se merece.
Hoy es 2 de diciembre, a cuatro días para mi cumpleaños. Nunca sabré por qué esta estúpida sociedad sigue contando los días y los años. ¿Qué más da todo, ahora que la gente no muere? Quién podría imaginar que la esencia de la vida es la muerte. Cómo añoro aquellos momentos en los que la despreocupación vagaba por las mentes de las personas: vivamos el momento, que puede ser el último. Como decía una vieja gloria del pasado: “Live your life, now”. Absurdo el miedo a la Parca reinante entonces; ahora reconozco el error en el que me encontraba. ¡Y pensar que yo fui uno más, y pensar que el hastío no condicionaba mi vida, y pensar que la superficialidad no mandaba en el mundo…!  Ahora nada de eso vale.
Cuando salga a la calle no habrá un mañana, por el simple hecho de que nunca más habrá un ayer. La rutina de la sociedad prosigue y nos aplasta: ¿cómo hemos podido ser tan necios? Cuando antes decías: futuro, avances, tecnología… todo el mundo aplaudía como borregos. Nunca fui la oveja negra, pero ni mucho menos otra más del rebaño. ¿Existen ovejas grises? Yo sin duda sería una de ellas.
En realidad, es de un humor macabro que en este mundo en el que todo y todos están conectados haya personas tan solitarias como lo soy yo. Supongo que no seré el único, ¿o si? ¿Es esto una paranoia egoísta mía? No, el egoísmo no puede cegar la verdad y la razón. Además, las cosas se ven mejor con perspectiva. No estoy equivocado, ¡lo están ellos! Soy un paseante de la ciudad; ellos, masa. Espero al menos no acabar como Horkheimer…
En fin, manos a la obra, no tiene sentido prorrogar lo inevitable. Salgo de mi cuchitril (qué modelo decimonónico arquitectónico tan frío, ¿dónde quedaron el Renacimiento o el Barroco?), bajo por las escaleras (no por el dichoso transbordador) y voy a parar al ajetreo constante; las piezas de la maquinaria social funcionan con armonía mecánica. Esforzadas abejitas: volad y huid del panal. El frío corta la piel, pero no importa; iré a pie por las estériles vías. Más tarde o más temprano, más helado o menos, llego a la Abeja Reina de la Colmena. La mayor ventaja de haber sido una abejita es que puedo imitar serlo.
Nadie sospecha, es el momento, ahora o nunca. Pero, ¿qué me pasa? Esto es casi una obra de caridad, ¡adelante! De repente, mi rostro se torna de sonrojado a pálido: ¿es ella en verdad quien parece ser? Una niebla de recuerdos nubla mi mente; recuerdos que en nada corresponden con mi anterior ira, recuerdos de unión y, sí, de alegría. Si antes había dudas, ahora es imposible. Pero, ¿cómo se me pudo siquiera ocurrir? ¡Hay algo más allá de la superficialidad en este putrefacto mundo, algo que mi obstinación nostálgica me había hecho olvidar! Algo precioso que yo pretendía destruir...
Un enorme peso cae sobre mis hombros, las rodillas se doblan, los pulmones se vacían… Y ahora, nada. Mi corazón late y mi sangre fluye, pero mi alma se ha ido. Y nunca volverá.