lunes, 13 de diciembre de 2010

"La belleza salvará al mundo"

Creía que este momento no llegaría nunca, pero aquí me hallo. En fin, allá va mi primera publicación en un blog.
Se trata de un pequeño texto literario, escrito para una práctica de la universidad. Es un diario personal ficticio en el que narro la historia de un hombre nostálgico al que el incesante progreso social ha dejado perturbado, solo y resentido. Está basado en una joya de la literatura del siglo XX: 1984, de George Orwell. He incluido algunas referencias culturales: a Fiódor Dostoievski, a la escuela de Fráncfort, a Marilyn Monroe, a José Ortega y Gasset, e incluso al filme Gladiator.

Día 2 de diciembre de 2045
Hoy sucederá lo inevitable. Este mundo no tiene sentido y no merece la pena que continúe su agonía. Démosle el fin que se merece.
Hoy es 2 de diciembre, a cuatro días para mi cumpleaños. Nunca sabré por qué esta estúpida sociedad sigue contando los días y los años. ¿Qué más da todo, ahora que la gente no muere? Quién podría imaginar que la esencia de la vida es la muerte. Cómo añoro aquellos momentos en los que la despreocupación vagaba por las mentes de las personas: vivamos el momento, que puede ser el último. Como decía una vieja gloria del pasado: “Live your life, now”. Absurdo el miedo a la Parca reinante entonces; ahora reconozco el error en el que me encontraba. ¡Y pensar que yo fui uno más, y pensar que el hastío no condicionaba mi vida, y pensar que la superficialidad no mandaba en el mundo…!  Ahora nada de eso vale.
Cuando salga a la calle no habrá un mañana, por el simple hecho de que nunca más habrá un ayer. La rutina de la sociedad prosigue y nos aplasta: ¿cómo hemos podido ser tan necios? Cuando antes decías: futuro, avances, tecnología… todo el mundo aplaudía como borregos. Nunca fui la oveja negra, pero ni mucho menos otra más del rebaño. ¿Existen ovejas grises? Yo sin duda sería una de ellas.
En realidad, es de un humor macabro que en este mundo en el que todo y todos están conectados haya personas tan solitarias como lo soy yo. Supongo que no seré el único, ¿o si? ¿Es esto una paranoia egoísta mía? No, el egoísmo no puede cegar la verdad y la razón. Además, las cosas se ven mejor con perspectiva. No estoy equivocado, ¡lo están ellos! Soy un paseante de la ciudad; ellos, masa. Espero al menos no acabar como Horkheimer…
En fin, manos a la obra, no tiene sentido prorrogar lo inevitable. Salgo de mi cuchitril (qué modelo decimonónico arquitectónico tan frío, ¿dónde quedaron el Renacimiento o el Barroco?), bajo por las escaleras (no por el dichoso transbordador) y voy a parar al ajetreo constante; las piezas de la maquinaria social funcionan con armonía mecánica. Esforzadas abejitas: volad y huid del panal. El frío corta la piel, pero no importa; iré a pie por las estériles vías. Más tarde o más temprano, más helado o menos, llego a la Abeja Reina de la Colmena. La mayor ventaja de haber sido una abejita es que puedo imitar serlo.
Nadie sospecha, es el momento, ahora o nunca. Pero, ¿qué me pasa? Esto es casi una obra de caridad, ¡adelante! De repente, mi rostro se torna de sonrojado a pálido: ¿es ella en verdad quien parece ser? Una niebla de recuerdos nubla mi mente; recuerdos que en nada corresponden con mi anterior ira, recuerdos de unión y, sí, de alegría. Si antes había dudas, ahora es imposible. Pero, ¿cómo se me pudo siquiera ocurrir? ¡Hay algo más allá de la superficialidad en este putrefacto mundo, algo que mi obstinación nostálgica me había hecho olvidar! Algo precioso que yo pretendía destruir...
Un enorme peso cae sobre mis hombros, las rodillas se doblan, los pulmones se vacían… Y ahora, nada. Mi corazón late y mi sangre fluye, pero mi alma se ha ido. Y nunca volverá.

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