lunes, 13 de diciembre de 2010

La televisión de hoy en día

No soy la mejor persona para opinar acerca de la situación del periodismo actual; solamente un estudiante de 1º de Periodismo y Comunicación Audiovisual rebosante de ilusiones y de buenas intenciones. No soy, y seguramente no seré nunca, una persona famosa y reputada cuya opinión sobre una cuestión tan trascendental a alguien le interese escuchar o leer. Reconozco que soy un idealista, que siempre he querido cambiar el mundo y que tengo firmemente enraizado en mi carácter el entusiasmo por defender lo que está bien. Y por ello, no puedo menos que quedar repugnado, asqueado, hastiado, y sobre todo decepcionado cuando veo el burdo sensacionalismo del que hace gala la televisión en nuestra era.
Hoy, he encendido la televisión, esa tiránica máquina que esclaviza nuestras conciencias, y he sido consciente de su putrefacción. De acuerdo, ¡no he descubierto América!; esto lo sabemos todos. Pero, pese a ello, le entregamos nuestro maravilloso tiempo al detestable aparato y nos arrodillamos frente a él, como si esperáramos un inminente golpe de gracia que, sí, acaba llegando. Estamos a su merced. Amén.
Hoy, he puesto el canal público, líder de audiencia, exponente de lo que debe hacerse en el negocio audiovisual, y mi rabia se ha desatado. Después de sufrir durante algunos minutos la tortura de los telefilmes baratos que acaparan las franjas de audiencia de la sobremesa y embotan cualquier mente , ignorante o no, comienza el espacio vespertino de “actualidad” y “sociedad”. Sin duda, tengo ante mis ojos el baluarte máximo del negocio televisivo. ¿Y qué me encuentro? La decadencia, en todo su esplendor; vulgar sensacionalismo, taimado villano.
Resulta que una pobre familia andaluza había perdido su casa por motivo de una inundación. A cualquier persona este hecho le entristecería, pero a los sabuesos de la comunicación no; a ellos les atrae el olor de la catástrofe y el rumor de la desolación. Nadan en el efectista mar de la información, que baña las costas del continente de la desesperanza, iluminados con rayos de ignorancia por el astro de la audiencia. Mientras la propietaria de la casa lloraba desconsolada ante la pérdida de su hogar, el periodista acercaba el micrófono, el cámara fijaba el plano y yo vomitaba insultos y cólera a partes iguales. El sensacionalismo televisivo ya no es una fórmula, sino una constante. Los medios necesitan que la mujer llore, que el ladrón atraque, que el asesino mate y su víctima se desangre, y todo delante de las cámaras; y lo peor es que nosotros necesitamos verlo. No podemos negarlo, si esto no fuera verdad no emitirían estos programas.
Prefiero pensar que soy un catastrofista, que mis lúgubres elucubraciones no son acertadas y que, en realidad, la causa del sensacionalismo televisivo es únicamente el interés humano y la necesidad de saciar ese interés por parte de los medios. Prefiero pensar que la película de Bergman de la que disfruté antes de encender la televisión me puso sentimental, trascendental y romántico. Pero cuanto más veo la televisión, más convencido estoy de lo contario. La televisión puede ser un medio magnífico, transmisor de cultura como antaño lo fue (algunas reminiscencias de su antigua gloria aún nos quedan), pero se está convirtiendo en una abominación. Restablezcamos su antiguo esplendor si todavía queremos gozar de un periodismo digno. 
Cuando la infame bestia del sensacionalismo televisivo se atisbe por el horizonte de la parrila, yo cambiaré de canal. Y espero no ser el único, o estaremos condenados.

Réquiem por un sueño llamado periodismo.

1 comentario:

  1. Bonito Blog,si señor, este me gusta más.
    Tus palabras son sabias, y tienes razón, no has descubierto América porque todo el mundo (culto) sabe que la televisión es una basura.
    Los canales que emiten cierta cultura o no son vistos,o son vistos para dormir la siesta o los buenos programas que emiten los echan a las tantas de la madrugada,por tanto,seguimos en las mismas.
    Puedo decir eso de: "menos mal que no veo la tele".
    Besos

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