jueves, 28 de julio de 2011

Receta para un bajón anímico

Os sorprenderá leerlo pero yo soy de esos a los que el ánimo les juega malas pasadas. Son innumerables los momentos en los que, sin siquiera saber por qué, no tengo ganas de relacionarme con el mundo, sea cual sea la forma. Para ser francos, no quiero saber nada ni de mí mismo.

Es curioso que es entonces cuando más profundo me noto unido a la cultura en general. En los momentos de depresión (creo que no puede definirse de forma fidedigna con otra palabra) siento la necesidad de ver cine a raudales, o de leer clásicos, o incluso de ver alguna inolvidable serie de televisión. Algunas de estas obras consiguen sumergirme aún más en mis tribulaciones. Véase, los dilemas existenciales o familiares expuestos en el cine del mítico Ingmar Bergman. Leer Dostoievski tampoco ayuda mucho. Sin embargo, algunos filmes te tienden una mano hacia un punto de vista más positivo. No se trata simplemente de comedias divertidas o de idílicos (y a veces vomitivos) happy ends, sino de ideas extraidas de la obra.

Allá van dos recomendaciones bastante personales capaces de animar incluso a un gélico alcornoque:

- "Midnight in Paris", en dosis de unos 90 min. Perteneciente a la minoría de los productos provenientes de la factoría W. Allen Inc. que no desprenden una visión amarga, pese a que por ser mayoritariamente comedias pueda parecer otra cosa. Remedio infalible para la nostalgia. Apta para curar la depresión derivada de un inoportuno visionado de "La rosa púrpura del Cairo". Se aconseja consumir tras, al menos, una estancia previa en París. Recomendable para los deprimidos tras ver Harry Potter 7.2.

- En caso de depresión crónica tomar "Beginners". Posibles efectos secundarios: perder la tarde en ir a un solitario cine madrileño y sufrir un brote de masoquismo que te incite a desear volver. Propiedades activas: anima a vivir la vida, pese a su recubrimiento de atmósfera depresiva. Se recomienda al consumidor el no incurrir en un creciente amor platónico por Mélanie Laurent y su encantador acento francés, sólo comparable al de Marion Cotillard.

sábado, 23 de julio de 2011

Principiantes

Son muchas las cosas que me ponen de mal humor en esta vida: cuando me olvido de qué canal va entre el 4 y el 6, cuando pienso en en mi futuro académico-profesional y un millón de situaciones más cada día. Y, desde luego, doy por hecho que no soy el único al que esto le sucede. No obstante, lo que marca la diferencia en nuestro ánimo son aquellas –normalmente pequeñas– cosas que consiguen levantarnos el ánimo y mejorar nuestro humor.

Cada cual encuentra estos pequeños milagros en muy diversos momentos, lugares o situaciones. A veces la sola visión de la sonrisa de alguien a aquien aprecias consigue arrancarte el buen humor a tu ánimo gruñón y cascarrabias. Quién sabe, seguro que ha debido de suceder que alguien, en algún lugar del mundo, haya logrado ser completamente feliz durante algo más que un instante. Y es que la tristeza es un elemento superfluo en la vida humana creado por los individuos para esconder los miedos y las inseguridades propios. Nuestro verdadero cometido es intentar ser felices. Nadie ha dicho que sea fácil, ni siquiera que siempre sea posible, pero es un horizonte que habríamos de tener a la vista en nuestros actos más que ningún otro.

Este es el mensaje que nos deja una pequeña joya de la cartelera presente, "Beginners", un llamamiento a perderle el miedo a la vida y al amor, a experimentar y ser un principiante sin importar la edad –38 o 75– o la situación –un hijo con pánico a enamorarse y a la vida en pareja arrastrando los defectos del matrimonio de sus padres o un padre anciano que destapa su homosexualidad tras enviudar y disfruta de sus últimos años de vida pese a padecer un cáncer terminal–. La construcción de la película está destinada a contraponer las situaciones de padre e hijo para evidenciar lo común de la solución a sus diametralmente distintos problemas. La visión alegre y despreocupada de un padre que no disfrutó de su vida hasta sus últimos años influye a su hijo y le ayuda a la hora de tomar decisiones con respecto a sus relaciones.

En definitiva: una brilante película independiente que desde aquí recomiendo. Una historia deliciosa rematada con una enseñanza vital optimista, pese a ser triste por momentos. Lenta –sosegada, más bien– y con momentos de ligereza cómica, destacan las actuaciones de sus protagonistas, especialmente Chistopher Plummer encarnando al padre, Hal, un personaje entrañable e inolvidable. Cumplen con nota McGregor y una Melanie Laurent cuya presencia deslumbra. Sumergíos en esta inspirada obra del director americano Mike Mills. No puede merecer más la pena.

filmaffinity.com

lunes, 18 de julio de 2011

Pastiche bergmaniano: Fresas y susurros III


PARAÍSO

Nada más; se detienen ya los pasos de aquel. Acaba aquí el eterno superlativo de lo estremecedor. Entra en escena la Alegre Juventud; arranca la road movie. Los versos, meditados y precisos, pasarán a prosa rasa y vivaz. Los fundidos en rojo serán abandonados en favor del dinámico –y monótono a partes iguales– plano-contraplano. Los nórdicos ataviados con negros ropajes dejarán de plantear problemas existenciales para dar paso a jóvenes de turgentes figuras y despreocupadas conciencias.

Morirá la filosofía, en aras de la placidez de psique, asaeteada por flechas empapadas en epicureísmo. Dejará de ser la sabiduría la más reconocida de las improntas sociales y se convertirá en recóndito complemento de ridículas gafas de pasta. El silencio de Dios pasará a ser cuestión de orden menor, a la zaga del culto a la nueva divinidad reinante: el cuerpo.

Pero, ¿a quién le importa? Solamente a los desacreditados que purgan sus pecados, los moradores del averno, atormentados entre fundidos en rojo y anáforas memorables, perdidos entre las páginas de una historia interminable.

domingo, 17 de julio de 2011

Pastiche bergmaniano: Fresas y susurros II


INFIERNO

Era aquel un lugar dantesco a la altura del infierno de la Comedia, salvo porque Paolo y Francesca no lloraban ya los versos más sentidos y amargos. De hecho, nada era verdad. No había suelo ni cielo, ni frío ni calor. El dolor y el placer se confundían entre un maremágnum de bulevares desiertos. El tiempo no seguía dirección alguna, y el día y la noche combatían para imponer su dominio siempre con resultado incierto. La Luna, en lo alto del firmamento, censuraba la promiscuidad de un Sol combatiente que no abandonaba su lecho. Los bordes de los astros chocaban, como si se tratase de dos insignificantes canicas, y de ellos brotó una niebla que, densa como el ígneo magma, emborronaba poco a poco cada una de las imágenes y mezclaba de un modo grotesco sus formas y sus colores.

Cuando la niebla se disipó las oníricas calles volvieron a tomar forma entre relojes derretidos sin manecillas. El sol se estaba poniendo y la calle era encajonada, fría y húmeda. El frío se adentraba en los miembros y los entumecía con una pesadez plomiza. Mientras tanto, algo se acercaba a gran velocidad por la calle. Dos famélicos corceles arrastraban un carromato negro con funeraria apariencia. La pintura dorada de los bordes reflejaba el fulgor de un astro inexistente y cegaba la visión del solitario viandante. El vehículo, desbocado, perdió el control ante la atónita mirada de aquel individuo cuyo nombre solamente evoca nostalgia. Un ataúd, lógobre caja que transporta lo que un día fue un alma en pena, resbaló de aquel vehículo para posarse a tan solo unos metros frente a un alma que todavía penaba en el hueco en balde entre el Infierno y el Paraíso. Sus rodillas temblaban de forma ciertamente desbocada mientras que en sus entrañas, el nudo que solía fustigar sus tímidos impulsos, se agrandaba a cada momento, tanto que parecía poder estallar en cualquier momento.

No podría decir cuántos fueron los segundos, minutos u horas que permaneció allí, inmóvil, mirando fijamente la rendija que había quedado en la tapa del ataúd y que apenas insinuaba el contenido de la mortaja. En ese tiempo, aquel vórtice, ratero de ilusiones, se había desinflado un tanto, si bien levemente, pero lo suficiente como para inyectar algo de denuedo a los atenazados músculos. Estos, impulsados por las dubitativas comandas de su espíritu, hallaron intrincado el simple camino de retirar la tapa del negro cajón. 

El contenido del fúnebre recipiente habría estremecido incluso a la gélida conciencia de la impasible Karin. Más aún que la, a priori reconfortante, a la sazón turbadora, imagen del reencuentro de dos hermanas naturalmente distanciadas aderezada con inquietantes acordes de chelo. La figura yacente sobre la sedosa mortaja habría hecho parecer entrañables las muñecas de la adulta María combinadas con su, por otra parte, angelical rostro. Los rasgos del cadáver resultaban conocidos, dolorosamente familiares. Observar el inanimado reflejo de la propia persona no fue para Ciro una absoluta novedad, al menos en lo que incumbe al estudiante de la obra de Espronceda, pero no por ello fue su visión menos estremecedora.

sábado, 16 de julio de 2011

Pastiche bergmaniano: Fresas y susurros I


PURGATORIO

Casi una hora de interrogatorio y aún no había dicho nada. Algo en sus ojos parecía querer explicar a gritos lo que sus labios, apretados uno contra otro, no eran capaces de pronunciar. Cerrada para siempre estaba ya su boca, aunque le costara la vida o la libertad. La compasión hacía temblar los asientos circundantes al del pobre Ciro, inmóvil como una estatua. Las manos de los presentes no paraban de sudar y ni siquiera todo el calor de un mediodía de julio habría podido caldear el ambiente gélido de la estancia. Casi a oscuras, nada iluminaba por debajo del manto tenue que había cubierto la sala con la entrada del testigo, como una repentina bajada de tensión. Las copas y los vasos se amontonaban en una mesa algo más grande de lo necesario. Ciro las rechazó todas de la única manera que pudo, con la mirada perdida en un punto inexistente a medio camino entre la pared y el horizonte de más allá de aquellos fríos y muertos muros. El reloj de pared reposaba sin función aparente, pues ya no tenía manecillas y tan sólo emitía un ruido sordo como el de la línea de un teléfono lejano e invisible.

La nerviosa amabilidad de los presentes perjudicaba más que ayudar a su causa. Se movían nerviosamente alrededor de su asiento como inquietas moscas ya ignoradas por un individuo extenuado. Nuestro enfoque se reduce más y más, hasta que llega un momento en el que todo desaparece en un fundido en rojo, dando lugar a una realidad onírica proveniente del más profundo y perturbado subconsciente.

domingo, 3 de julio de 2011

Turismo de conciencia

La suerte, esquiva con algunos que merecerían más gozar de su beneplácito, ha querido que ahora mismo mis pies reposen sobre suelo lejano, el suelo llano y húmedo de las orillas del Támesis. No diré, pues, que esta en la que me encuentro es una ciudad bonita, que por cierto, no lo es. Tampoco diré que me lo he pasado en grande haciendo el típico y aburridísmo tour por los lugares emblemáticos que es necesario fotografiar desde todos los ángulos posibles para demostrar algo que no es otra cosa que la propia presuntuosidad de uno mismo.

Si vuelvo a la piel de toro habiendo cambiado algo, no habrá sido mi nivel de inglés lo más importante, al menos a mi propio parecer. Quizá también haya ganado un poco de autoestima. Quizá mi ánimo bipolar haya conseguido tomar algo de oxígeno más allá de la atmósfera asfixiante que yo mismo me he creado. Y es que cuando te alejas de tu siempre deficitario punto de vista original siempre descubres cosas sobre ti mismo. Como que puede que no seas tan huraño y solitario como tú mismo te haces creer, que las relaciones sociales hay que practicarlas para dominarlas. Que la solemnidad de mi discurso y de mi silencio es algo que me es propio pero que puedo controlar. Incluso que quizá no sea para los demás tan aburrido, tan pedante, tan repugnante como solía creer.

Para los mundanos: "¡Oh, qué bien me lo estoy pasando, cuántas cosas estoy viendo!". Pero no estoy haciendo turismo. Los monumentos de Londres me la traen al fresco. Cierto que pueden ser la mejor excusa para coincidir con la gente que acabas de conocer. Pero yo siempre preferiré pasear por aquel barrio tranquilo junto a la residencia de Bethnal Green, sentarme a leer en el parque frente a la iglesia de St. Pancras, pasar las horas tumbado en Regent's Park con buena compañía, o acabar el día en cualquiera de los pubs junto a King's Cross. Mi mayor pena no es no haber ido, en estas ya dos semanas, ni a Madamme Tussaud's, ni a Notting Hill, ni al Museo de Historia Natural, ni a St. Paul, ni a Covent Garden; sino no haber entrado en aquel pub con –buena– música en directo junto al metro porque llevaba 9 horas haciendo cola en Wimbledon y ya estaba exhausto.

Estas son las cosas que me interesan. No las fotos. Pero ahí va una.