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Desde que un Francis
Ford Coppola endeudado la estrenase en 1990, mucho y muy largamente se ha
hablado de la tercera parte de la que probablemente sea la mejor saga
cinematográfica de la historia del celuloide. Después de un cuidadoso
visionado, uno no tarda apenas en advertir la controversia y en concederle un
reconocimiento en muchos casos exiguo.
Empecemos con una
verdad: El padrino III no entraba en
los planes de Coppola. La gran brecha cronológica con respecto a la segunda
parte (1974) da sólidos indicios de ello. El propio Coppola, director de un método
y personalidad complicados, confesó quizá de un modo demasiado tajante que esta
película saldó sus deudas y nada más. Recalcar ese “y nada más” por la
estupefacción lógica ante tal desdén de un autor sobre su obra.
Sobre la calidad de la
película hemos escuchado muchas mentiras y verdades a medias. En efecto, no está
a la altura de sus predecesoras, eso es innegable. Pero resulta tremendamente
hipócrita valorar esta tercera parte a través de la sola comparación con la
primera y la segunda, según muchos entre las obras cumbre del séptimo arte. La
acogida de ciertos sectores de la crítica y de la opinión pública condicionaron
el reconocimiento de una gran película que, aun con defectos, aqueja el nivel
del listón de las anteriores.
Sobre alguno de los
errores: Sofia Coppola como Mary Corleone. La elección de la hija del ilustrísimo
auteur es probablemente el mayor
error de una película que, por lo demás, goza de un reparto brillante. El
perfil personal de Sofia coincidía con el papel, una niña de papá –muy snob– y con marcadas raíces italianas.
Pero, aunque físicamente agraciada, su expresividad es inexistente y su actuación
llega a empañar momentos brillantes y partes fundamentales de la historia. Cabe
destacar que esta discutible elección vino desencadenada por la renuncia de la
actriz pensada para el papel: Winona Ryder. Con ella quizá recordaríamos a Mary
Corleone como una dulce e inocente joven (véase, como Ryder en La edad de la inocencia) y no como una snob repelente y pésimamente
interpretada.
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En definitiva, todas
estas mentiras y verdades no deben ser obstáculo para que quien haya perdido el
aliento con las dos primeras disfrute y se emocione con esta tercera parte. No
faltan, desde luego, el toque nostálgico de la novela de Mario Puzzo ni la
memorable banda sonora de Nino Rota. Los minutos finales, desgarradoramente
emocionantes, son un digno broche a la historia de la familia Corleone, y las
casi tres horas de duración son un precio razonable que pagar.

