domingo, 15 de julio de 2012

Una familia de genios

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Wes Anderson despliega en The Royal Tenenbaums ("Los Tenenbaums. Una familia de genios", 2001) su personalísima fórmula de una comedia, exponiendo sus virtudes y sus defectos sin miedo alguno. Se trata de una comedia con pocas risas que probablemente aburrió a muchos por su escasa carga cómica y por la excentricidad del guión, en el que precisamente se concentran la mayoría de los méritos que exceden el trabajo actoral.

Todos los miembros que conforman la familia Tenenbaum, que por cierto no son pocos, tienen en común un carácter admirablemente único. De una forma magistral, el guión concede a todos los personajes una personalidad única, sorprendentemente alejada de clichés y estereotipos, que encaja a la perfección con la historia. A menudo, Anderson deja escapar reflexiones sobre la unidad familiar que resultarían impensables si uno se queda en lo extravagante de la sinopsis y de algunos gags y momentos puntuales de la trama.

Entre actores y dirección son capaces de sortear el abismo del esperpento y quedarse en el estatus final de fábula surrealista. Algo admirable que probablemente nadie podría haber logrado con ese guión original escrito a medias por el director y Owen Wilson (que logró una más que meritoria nominación al Óscar), sin olvidarse de un muy reseñable éxito comercial. La posmodernidad sólo concede a unos pocos elegidos, entre los que se erigen nombres como el venerado QT, la admirable capacidad de sorprender siendo único sin por ello resultar ridículo. Las actuaciones contribuyen al resultado final gracias a un fabuloso casting (Gene Hackman, Angelica Huston, Gwyneth Paltrow, Bill Murray) que ni siquiera Ben Stiller es capaz de empañar. Anderson repite aquí con los hermanos Wilson, actores fetiche con los que debutó en su opera prima (Battle Rocket, "Ladrón que roba a un ladrón", 1996).

Si bien no lo alcanza, se acerca mucho al nivel de la excelente Fantastic Mr. Fox ("Fantástico Sr. Fox", 2009) –en parte por el preciosismo surrealista que consigue la brillante y cuidada animación mediante stop motion–. Eso sí, tiene todo lo que puede pedírsele a una comedia del particular Wes Anderson, otra rara avis de Hollywood cuyo estilo despierta críticas y alabanzas por doquier. Es un genio capaz de otorgar a sus películas una esencia característica de la que lo peor que puede decirse es que no te gusta.

martes, 10 de julio de 2012

La historia entre tanto guión

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La reputación de Syriana (S. Gaghan, 2005) precede a su visionado. Más concretamente, se nos viene a la mente el reconocimiento internacional de público y crítica y, por qué no decirlo, la aclamada actuación de George Clooney que le valió su única estatuilla hasta la fecha. Cuando los primeros minutos fluyen, la reputación se va diluyendo y nos quedan en la pantalla los posos de una historia densa, confusa y compleja que llega a los límites del género de espías.

Los dos primeros tercios de la película se alargan, los personajes desfilan sin cesar, las situaciones se complican y se antoja harto difícil seguir las diversas subtramas que se entremezclan una y otra vez. Poco podemos decir más allá de que la situación en Oriente Medio parece un auténtico jaleo del que todos quieren sacar provecho. Con todo, queda patente que se trata de una adaptación de una novela que despierta demasiada admiración como para ser realmente adaptada en términos de un guión puramente cinematográfico. 

En medio del caos, algunas situaciones llegan a impactar realmente y se alcanza, allá por la última media hora, una cierta atmósfera palpitante que envuelve el desenlace. Las subtramas se definen y los personajes parecen al fin haber encontrado su lugar en la historia; 30 minutos de oasis después de 90 de desierto. Syriana recuerda otro caso muy parecido, el de Michael Clayton, thriller también con la presencia de Clooney cuyas piezas no encajan hasta el final. Es entonces cuando se alcanza la empatía y la verdadera crítica, mordaz y voraz, que explora el llamado conflicto energético desde todas las vertientes y puntos de vista posibles y enfrenta distintas modalidades de terrorismo. 

La vorágine de intrigas hace resugir lo engullido, el gran trabajo de George Clooney y a un siempre impagable Christopher Plummer, así como también la trepidante atmósfera de intriga. Y es que entre tanto guión se había perdido la historia, en realidad varias, que solo son capaces de emerger gracias a un desenlace, prodigio de montaje alterno, cuyo drama corta la respiración y golpea con auténtica virulencia.