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La reputación de Syriana (S. Gaghan, 2005) precede a su visionado. Más concretamente, se nos viene a la mente el reconocimiento internacional de público y crítica y, por qué no decirlo, la aclamada actuación de George Clooney que le valió su única estatuilla hasta la fecha. Cuando los primeros minutos fluyen, la reputación se va diluyendo y nos quedan en la pantalla los posos de una historia densa, confusa y compleja que llega a los límites del género de espías.
Los dos primeros tercios de la película se alargan, los personajes desfilan sin cesar, las situaciones se complican y se antoja harto difícil seguir las diversas subtramas que se entremezclan una y otra vez. Poco podemos decir más allá de que la situación en Oriente Medio parece un auténtico jaleo del que todos quieren sacar provecho. Con todo, queda patente que se trata de una adaptación de una novela que despierta demasiada admiración como para ser realmente adaptada en términos de un guión puramente cinematográfico.
En medio del caos, algunas situaciones llegan a impactar realmente y se alcanza, allá por la última media hora, una cierta atmósfera palpitante que envuelve el desenlace. Las subtramas se definen y los personajes parecen al fin haber encontrado su lugar en la historia; 30 minutos de oasis después de 90 de desierto. Syriana recuerda otro caso muy parecido, el de Michael Clayton, thriller también con la presencia de Clooney cuyas piezas no encajan hasta el final. Es entonces cuando se alcanza la empatía y la verdadera crítica, mordaz y voraz, que explora el llamado conflicto energético desde todas las vertientes y puntos de vista posibles y enfrenta distintas modalidades de terrorismo.
La vorágine de intrigas hace resugir lo engullido, el gran trabajo de George Clooney y a un siempre impagable Christopher Plummer, así como también la trepidante atmósfera de intriga. Y es que entre tanto guión se había perdido la historia, en realidad varias, que solo son capaces de emerger gracias a un desenlace, prodigio de montaje alterno, cuyo drama corta la respiración y golpea con auténtica virulencia.

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