sábado, 2 de junio de 2012

Guerra de egos: Stanley Kubrick

filmaffinity

En "2001: Una odisea del espacio" (1968), Stanley Kubrick se retrata a sí mismo con pelos y señales. No hace falta vista de azor para vislumbrar un ego enorme que palpita durante los 139 minutos de duración que a tanta gente se le hacen interminables. Si algo caracteriza a los grandes autores del cine es su capacidad para dejar su impronta en cada una de las obras en las que participan. A base de fetiches, clichés y manías de todo tipo, son capaces de lograr que cada detalle de la escenografía, el trabajo de cámara o el montaje trasluzca rasgos de una personalidad única y a la sazón inconfundible, de la misma forma que lo hacen las pinceladas de un maestro de la pintura. 

Kubrick saca a relucir los rasgos que definen su ego en esta película, su obra más personal, su Capilla Sixtina. En primer lugar, un pulso narrativo admirable. El ritmo pausado no parece un problema aquí para apreciar y admirar la brillantez del enfant terrible del Hollywood previo a la modernidad –con el permiso de Alfred Hitchcock–. Así, abundan las escenas en las que la pausa toma derroteros de laconismo y extravagancia en forma de una respiración entre agitada y penetrante o de la celebérrima danza de las naves (obra del aún en activo Douglas Trumbull).

La coherencia con la historia que se desarrolla, no obstante, resulta en todo momento incuestionable. La genialidad del director se plasma en ciertos retazos de maestría totalmente venerables. Una elipsis visual que resume la evolución de la humanidad y el agónico silencio de una máquina que genera más empatía que sus compañeros de tripulación humanos. Por si fuera poco, sacando a pasear la jerga del mago del suspense, Kubrick comparte con la novela de Arthur C. Clarke el mérito de la invención uno de los McGuffins más enigmáticos de la historia del cine: un monolito con el que cualquier interpretación se queda corta.

Lo malo de los egos es que no admiten medias tintas y tienden a los extremos. El ego de Kubrick llega a desbordar en una cascada de autosufuciencia críptica que coincide con el final de la película. La ciencia-ficción como género le va como anillo al dedo para trazar un final tramposo e innecesariamente opaco. El relato se hunde en un mar de grandilocuencia fruto de la grandeza de un director víctima de importancia, con una legión de fanáticos que aplaudirían cada detalle facturado por su incomensurable talento. La coherencia, presente en la novela de C. Clarke, brilla por su ausencia en el final esta película, brillante e insufrible a la vez por mérito y culpa de un genio que se supo filmando su propia Capilla Sixtina y no pudo mantener su ego en un nivel saludable para el público no iniciado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario