PURGATORIO
Casi una hora de interrogatorio y aún no había dicho nada. Algo en sus ojos parecía querer explicar a gritos lo que sus labios, apretados uno contra otro, no eran capaces de pronunciar. Cerrada para siempre estaba ya su boca, aunque le costara la vida o la libertad. La compasión hacía temblar los asientos circundantes al del pobre Ciro, inmóvil como una estatua. Las manos de los presentes no paraban de sudar y ni siquiera todo el calor de un mediodía de julio habría podido caldear el ambiente gélido de la estancia. Casi a oscuras, nada iluminaba por debajo del manto tenue que había cubierto la sala con la entrada del testigo, como una repentina bajada de tensión. Las copas y los vasos se amontonaban en una mesa algo más grande de lo necesario. Ciro las rechazó todas de la única manera que pudo, con la mirada perdida en un punto inexistente a medio camino entre la pared y el horizonte de más allá de aquellos fríos y muertos muros. El reloj de pared reposaba sin función aparente, pues ya no tenía manecillas y tan sólo emitía un ruido sordo como el de la línea de un teléfono lejano e invisible.
La nerviosa amabilidad de los presentes perjudicaba más que ayudar a su causa. Se movían nerviosamente alrededor de su asiento como inquietas moscas ya ignoradas por un individuo extenuado. Nuestro enfoque se reduce más y más, hasta que llega un momento en el que todo desaparece en un fundido en rojo, dando lugar a una realidad onírica proveniente del más profundo y perturbado subconsciente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario