domingo, 17 de julio de 2011

Pastiche bergmaniano: Fresas y susurros II


INFIERNO

Era aquel un lugar dantesco a la altura del infierno de la Comedia, salvo porque Paolo y Francesca no lloraban ya los versos más sentidos y amargos. De hecho, nada era verdad. No había suelo ni cielo, ni frío ni calor. El dolor y el placer se confundían entre un maremágnum de bulevares desiertos. El tiempo no seguía dirección alguna, y el día y la noche combatían para imponer su dominio siempre con resultado incierto. La Luna, en lo alto del firmamento, censuraba la promiscuidad de un Sol combatiente que no abandonaba su lecho. Los bordes de los astros chocaban, como si se tratase de dos insignificantes canicas, y de ellos brotó una niebla que, densa como el ígneo magma, emborronaba poco a poco cada una de las imágenes y mezclaba de un modo grotesco sus formas y sus colores.

Cuando la niebla se disipó las oníricas calles volvieron a tomar forma entre relojes derretidos sin manecillas. El sol se estaba poniendo y la calle era encajonada, fría y húmeda. El frío se adentraba en los miembros y los entumecía con una pesadez plomiza. Mientras tanto, algo se acercaba a gran velocidad por la calle. Dos famélicos corceles arrastraban un carromato negro con funeraria apariencia. La pintura dorada de los bordes reflejaba el fulgor de un astro inexistente y cegaba la visión del solitario viandante. El vehículo, desbocado, perdió el control ante la atónita mirada de aquel individuo cuyo nombre solamente evoca nostalgia. Un ataúd, lógobre caja que transporta lo que un día fue un alma en pena, resbaló de aquel vehículo para posarse a tan solo unos metros frente a un alma que todavía penaba en el hueco en balde entre el Infierno y el Paraíso. Sus rodillas temblaban de forma ciertamente desbocada mientras que en sus entrañas, el nudo que solía fustigar sus tímidos impulsos, se agrandaba a cada momento, tanto que parecía poder estallar en cualquier momento.

No podría decir cuántos fueron los segundos, minutos u horas que permaneció allí, inmóvil, mirando fijamente la rendija que había quedado en la tapa del ataúd y que apenas insinuaba el contenido de la mortaja. En ese tiempo, aquel vórtice, ratero de ilusiones, se había desinflado un tanto, si bien levemente, pero lo suficiente como para inyectar algo de denuedo a los atenazados músculos. Estos, impulsados por las dubitativas comandas de su espíritu, hallaron intrincado el simple camino de retirar la tapa del negro cajón. 

El contenido del fúnebre recipiente habría estremecido incluso a la gélida conciencia de la impasible Karin. Más aún que la, a priori reconfortante, a la sazón turbadora, imagen del reencuentro de dos hermanas naturalmente distanciadas aderezada con inquietantes acordes de chelo. La figura yacente sobre la sedosa mortaja habría hecho parecer entrañables las muñecas de la adulta María combinadas con su, por otra parte, angelical rostro. Los rasgos del cadáver resultaban conocidos, dolorosamente familiares. Observar el inanimado reflejo de la propia persona no fue para Ciro una absoluta novedad, al menos en lo que incumbe al estudiante de la obra de Espronceda, pero no por ello fue su visión menos estremecedora.

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