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¿Cuándo no estuvo Billy Wilder en estado de gracia? Su película de 1957 no fue ninguna excepción. El genio de Hollywood de origen austriaco estrenó poco después de "La tentación vive arriba" y justo antes de "Con faldas y a lo loco" una de sus mejores obras (lo que es decir mucho), esta vez un drama: "Testigo de cargo".
Wilder inició, por aquel entonces, la moda de llevar a la gran pantalla las obras de Agatha Christie. En "Testigo de cargo" conserva la esencia de la obra de teatro de la gran figura de la literatura de intriga, y le aporta además un toque de su distinguido sello personal. Espejos y mujeres amorales desfilarán frente a la pantalla como ya lo hicieron en "Perdición" o "El crepúsculo de los dioses". El resultado final alcanza una profundidad superior que la que Sidney Lumet lograra 16 años después con su oscarizada "Asesinato en el Orient Express". A bien seguro que la silla de Alfred Hitchcock debió de estremecerse con esta genialidad del suspense, si bien más orientada hacia el drama judicial. Con los minutos finales, l'enfant terrible se apoya en la obra de Christie para firmar uno de los desenlaces más retorcidos e inesperados que se recuerdan.
"Testigo de cargo" es perfecta es un sentido contradictorio y paradójico. Te tiene intrigado hora y media sin saciar las expectaciones que plantea la historia, decepcionado, podría decirse. Los personajes, hasta esa recta final, no son más que el elenco de personajes típicos, tan unidimensionales, a los que Agatha Christie nos suele acostumbrar. Está Sir Wilfrid (Charles Laughton), el clásico Hércules Poirot, distinguido caballero que todo lo sabe; la femme fatale de turno, la gélida Sra. Vole (Marlene Dietrich); incluso aparece el entrañable servicio, con el fiel mayordomo y la cargante asistenta. Cuando el desenlace se aproxima se aprecia el toque de la super ventas británica, donde nada es lo que parece y la historia, una vez más, nos ha engañado.
El el reparto, la fotogenia de Marlene Dietrich deslumbra y desplaza las solventes interpretaciones de Tyrone Power y Charles Laughton, este último rozando la brillantez como el inquisitivo protagonista. Dietrich repite el rol de femme fatale de "El ángel azul" (1930) con su descubridor Josef von Sternberg, que la hizo saltar a la fama en Alemania para luego dar el salto a Hollywood. Repite colaboración con Billy Wilder, con el que ya trabajó en "Berlín Occidente" en 1948. Lo hace de una forma más que oportuna, como arquetipo del fetiche de las mujeres en los dramas de Wilder, (véase "Perdición" o "El crepúsculo de los dioses") peligrosas desalmadas que manipulan a los hombres a su antojo. Casi 20 años después, la admiración de Wilder por la estrella alemana aún era latente, ya que a sus 55 años excedía por edad el canon de la clásica guapa hollywoodiense. No obstante, la piernas de la Dietrich siguen siendo para los personajes, para el espectador y para el propio Wilder, un claro objeto de deseo. La escena del café alemán y el propio cartel de la película dan fe de ello. Y, ¿quién se lo reprocha?

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