sábado, 7 de enero de 2012

Nociones de metafísica aplicada

filmaffinity
Allan Ball, guionista de la multioscarizada "American Beauty" (1999), sólo un par de años después creó la serie de televisión que la cultura popular ha acabado encumbrando al Olimpo del panteón televisivo. Probablemente por aquellos momentos nadie se hacía una idea del fenómeno televisivo en que "Six feet under" ("A dos metros bajo tierra") se acabaría convirtiendo.

La serie, creada en 2001, resultó ampliamente rentable para una cadena acostumbrada al éxito, la HBO, que llegó a tener en parrilla, con "The Sopranos" (1999) y "The Wire" (2002), las tres series más alabadas de la televisión moderna. Las cinco temporadas de la serie se labraron una legión de admiradores que segaron las críticas que pudieran en un inicio haber surgido.

Ya desde el piloto, la serie marca una pauta muy definida y particular, la muerte, un tema que rara vez es tan abiertamente planteado. La perspectiva, sin embargo, durante las primeras temporadas, adolece de una cierta frivolidad quizá inevitable. Desde el cabeza de familia de los Fisher hasta cualquier otro ciudadano, la muerte convive con los entresijos de una familia desestructurada. Sin embargo, salvo en momentos muy puntuales, las subtramas familiares y el estilo pop, desde los gags hasta la temática, chocan con el tema troncal, que sólo la quinta y última temporada consigue explotar al máximo.

Los perturbados personajes y el histrionismo de la forma, no obstante, no son obstáculo para apreciar el entretenimiento aportado por la serie. Hasta llegar al final, y con un considerable atibajo en la tercera y la cuarta temporada, habremos de conformarnos con unas tramas que tienden a lo sentimental y a lo indie como fórmula para la corrección política. La abulia discursiva se compatibiliza con una conexión emocional bastante supeditada a la terca fidelidad de la audiencia. Sin embargo, ni siquiera esto consigue eclipsar un apartado técnico muy logrado en el que destaca la fotografía y muchas interpretaciones remarcables, alcanzando la brillantez sobre todo las de Frances Conroy (como Ruth Fisher) y Rachel Griffiths (Brenda Chenowith).

Dicho todo, la quinta temporada y los últimos tres episodios más concretamente son un premio exultante para el espectador paciente. Las microhistorias de los miembros de la familia Fisher se encauzan y resultan coherentes cuando la serie llega a su fin. Por así decirlo, al final todo el melodrama, su forma y su contenido, adquiere un sentido pleno. Y aunque forzosamente proyecta más interrogantes que respuestas, concluye con una admirable mezcla de hedonismo y pasión vitalista.

Con mayor amplitud de miras, resulta curioso cómo el sistema comercial norteamericano ha dado a luz un drama de un calado filosófico tan hondo. La audiencia más sensiblera quizá perciba "Six feet under" como un manual modélico a lo "Come reza ama" [Oye, ¡ha cambiado mi vida!]. El planteamiento, si uno mira más allá, se asemeja más al de un filme de Bergman, despojado eso sí de la sobriedad y del laconismo del inmortal sueco. Peter Krause, encarnando a Nate Fisher, liderará una travesía espiritual digna del Antonius Block de Max von Sydow que le introducirá en los temas más oscuros de la metafísica, desde el silencio de Dios hasta el sentido de la vida. Brenda será el contrapunto existencialista, el nexo con la realidad que bien podría recordar al Jan de "El séptimo sello", rendida desde un primer momento a la Danza de la Muerte.

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