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Tiene “The tree of life”, sin
embargo, otros reclamos menos distinguidos que la expectación y el morbo de lo
muy esperado. La intensa campaña publicitaria y la presencia de una estrella hollywoodiense como Brad Pitt han
servido para expandir el interés más allá del público más cinéfilo. El
resultado: número 1 en la taquilla española el pasado fin de semana y miles de
espectadores indignados a la salida del cine. Era de esperar.
Resulta que esta no es una
película para el gran público. Se trata, nada más y nada menos, de una
reflexión personal sobre el sentido de la vida. Malick remite al libro de Job
al inicio y no tiene reparos en plantear dilemas religiosos. El espectador
clásico, poco dado a que una película le obligue a adaptarse a ella y no al revés,
no obtendrá ni siquiera una narración convencional. El director,
ambiciosamente, construye su obra sobre los cimientos del poder de unas
imágenes que evocan, emocionan, y sustituye los diálogos convencionales por una
voz en off reflexiva dirigida a Dios.
En realidad, pese a lo que pueda
parecer, “The tree of life” no es una obra compleja. Está formada por tres
partes: génesis (el tan criticado
segmento sobre la formación del universo desde el Big Bang), vida
(microhistoria de la familia O’Brien) y Más
Allá (Paraíso-Cielo de carácter cristiano). Pudiera también parecer que las
partes no guardan relación entre sí, pero nada más lejos. La cohesión interna
de la película deriva de la integración de las partes en una misma conclusión
existencial, la cual se nos plantea en todo momento: “una vida no significa nada por sí misma; sólo el amor nos hace eternos”.
En otras palabras: “en la eterna confrontación entre Naturaleza y Gracia
–personificadas por el autoritario padre y la madre amante respectivamente– el
camino a seguir siempre es el de la Gracia; ama a todas las cosas y te
acercarás a Dios”. Es una auténtica oda al humanismo frente al engreimiento y
la autocomplacencia a los que, según el autor, el egoísmo conduce.
La quinta de Malick (tras “Malas
tierras”, “Días del cielo”, “La delgada línea roja” y “El nuevo mundo”) no es,
sin embargo, un hecho único en la historia del cine. Se la puede comparar con “2001: Una odisea del espacio” de
Kubrick. Comparten, de hecho, mismo director de fotografía, Douglas Trumbull,
que se encarga de hacer el segmento cósmico sobre la creación del universo al
menos tan espectacular como lo fue la danza de las naves. La espectacular banda
sonora, formada por fragmentos de obras de música clásica (Brahms, Preisner,
Couperin, Berlioz…), nos puede también recordar a Kubrick. Ambos directores
comparten incluso la excentricidad de no conceder entrevistas ni aparecer en
actos públicos. Por tanto, no se puede decir que “The tree of life” sea del
todo original. Sí que es, no obstante, tremendamente personal y ambiciosa, con
un lenguaje cinematográfico único e inconfundible.
Pero hay ciertos aspectos en los
que la película que nos ocupa se separa y –por qué no decirlo– supera a la
cinta de Kubrick o a cualquier otra que se le ponga por delante. Por ejemplo,
en el plano visual. Malick construye, sólo con imágenes, a la maniera de las pinceladas de un pintor
impresionista, un cuadro de una belleza lírica desbordante. Es una experiencia
inolvidable. El sutil movimiento de cámara remarca la belleza de los planos en
la microhistoria de la familia, hasta tal punto que las imágenes, unidas a la
celestial música, se quedan grabadas en la mente. “The tree of life” es, en
última instancia, el retrato más bello de la niñez y el amor maternal (sublime
Jessica Chastain cuya sola presencia ilumina) jamás contemplado por quien
escribe estas líneas.
No nos engañemos: tiene sus errores, véase, el desdibujado personaje de Sean Penn o la visión marcadamente cristiana del Paraíso. Pero, aún así, “The tree of life” supone una inolvidable e imprescindible experiencia para el espectador dispuesto penetrar en el mundo interior, tan personal y tan humano, del genio del cine que es Terrence Malick y, en definitiva, ver arte y apreciarlo. Incluso con dinosaurios de por medio.
No nos engañemos: tiene sus errores, véase, el desdibujado personaje de Sean Penn o la visión marcadamente cristiana del Paraíso. Pero, aún así, “The tree of life” supone una inolvidable e imprescindible experiencia para el espectador dispuesto penetrar en el mundo interior, tan personal y tan humano, del genio del cine que es Terrence Malick y, en definitiva, ver arte y apreciarlo. Incluso con dinosaurios de por medio.

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