domingo, 9 de octubre de 2011

El vuelo de un ave raris

filmaffinity
No existen artistas como Terrence Malick hoy en día. Sólo cuatro películas en 40 años y, aun así, se ha ganado una fama que ya quisieran muchos otros autores más prolíficos. Quizá sea, precisamente, porque la expectación por cada nuevo estreno le ha convertido en un genio con aura de ave raris. El caso es que 2011 nos ha deparado, con el estreno de su quinto filme, “The tree of life”, uno de los acontecimientos cinematográficos más esperados de los últimos tiempos.
Tiene “The tree of life”, sin embargo, otros reclamos menos distinguidos que la expectación y el morbo de lo muy esperado. La intensa campaña publicitaria y la presencia de una estrella hollywoodiense como Brad Pitt han servido para expandir el interés más allá del público más cinéfilo. El resultado: número 1 en la taquilla española el pasado fin de semana y miles de espectadores indignados a la salida del cine. Era de esperar.
Resulta que esta no es una película para el gran público. Se trata, nada más y nada menos, de una reflexión personal sobre el sentido de la vida. Malick remite al libro de Job al inicio y no tiene reparos en plantear dilemas religiosos. El espectador clásico, poco dado a que una película le obligue a adaptarse a ella y no al revés, no obtendrá ni siquiera una narración convencional. El director, ambiciosamente, construye su obra sobre los cimientos del poder de unas imágenes que evocan, emocionan, y sustituye los diálogos convencionales por una voz en off reflexiva dirigida a Dios.
En realidad, pese a lo que pueda parecer, “The tree of life” no es una obra compleja. Está formada por tres partes: génesis (el tan criticado segmento sobre la formación del universo desde el Big Bang), vida (microhistoria de la familia O’Brien) y Más Allá (Paraíso-Cielo de carácter cristiano). Pudiera también parecer que las partes no guardan relación entre sí, pero nada más lejos. La cohesión interna de la película deriva de la integración de las partes en una misma conclusión existencial, la cual se nos plantea en todo momento: “una vida no significa nada por sí misma; sólo el amor nos hace eternos”. En otras palabras: “en la eterna confrontación entre Naturaleza y Gracia –personificadas por el autoritario padre y la madre amante respectivamente– el camino a seguir siempre es el de la Gracia; ama a todas las cosas y te acercarás a Dios”. Es una auténtica oda al humanismo frente al engreimiento y la autocomplacencia a los que, según el autor, el egoísmo conduce.
La quinta de Malick (tras “Malas tierras”, “Días del cielo”, “La delgada línea roja” y “El nuevo mundo”) no es, sin embargo, un hecho único en la historia del cine. Se la puede comparar con “2001: Una odisea del espacio” de Kubrick. Comparten, de hecho, mismo director de fotografía, Douglas Trumbull, que se encarga de hacer el segmento cósmico sobre la creación del universo al menos tan espectacular como lo fue la danza de las naves. La espectacular banda sonora, formada por fragmentos de obras de música clásica (Brahms, Preisner, Couperin, Berlioz…), nos puede también recordar a Kubrick. Ambos directores comparten incluso la excentricidad de no conceder entrevistas ni aparecer en actos públicos. Por tanto, no se puede decir que “The tree of life” sea del todo original. Sí que es, no obstante, tremendamente personal y ambiciosa, con un lenguaje cinematográfico único e inconfundible.
Pero hay ciertos aspectos en los que la película que nos ocupa se separa y –por qué no decirlo– supera a la cinta de Kubrick o a cualquier otra que se le ponga por delante. Por ejemplo, en el plano visual. Malick construye, sólo con imágenes, a la maniera de las pinceladas de un pintor impresionista, un cuadro de una belleza lírica desbordante. Es una experiencia inolvidable. El sutil movimiento de cámara remarca la belleza de los planos en la microhistoria de la familia, hasta tal punto que las imágenes, unidas a la celestial música, se quedan grabadas en la mente. “The tree of life” es, en última instancia, el retrato más bello de la niñez y el amor maternal (sublime Jessica Chastain cuya sola presencia ilumina) jamás contemplado por quien escribe estas líneas.


No nos engañemos: tiene sus errores, véase, el desdibujado personaje de Sean Penn o la visión marcadamente cristiana del Paraíso. Pero, aún así, “The tree of life” supone una inolvidable e imprescindible experiencia para el espectador dispuesto penetrar en el mundo interior, tan personal y tan humano, del genio del cine que es Terrence Malick y, en definitiva, ver arte y apreciarlo. Incluso con dinosaurios de por medio.

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