Esta vez, voy a intentar resarcirme un poco del torrente de pesimismo que derramé con el post anterior, mirando esta vez la esquiva cara bella del televisor. Una cara amarilla que deleita, divierte y culturiza.
En efecto, el estado de la televisión actual es cuanto menos crítico, y todo lo que en ella aparece lo demuestra. La parrilla televisiva está inundada de productos infames, sea cual sea su vertiente. Por un lado, el periodismo televisivo está sembrado del más absoluto sensacionalismo y la ética periodística ha sido vapuleada hasta la saciedad. Por otro lado, el entretenimiento se nos disfraza de producto novedoso cuando realmente se trata de chabacanería pura y dura.
No obstante, en el ennegrecido panorama televisivo, muy puntualmente surgen productos que escapan a la decadencia de su sector; productos que marcan una época. Es complicado, pero si nos esforzamos en encontrarla, podemos atisbar la luz al final del túnel. Y es que a veces, todos los que dicen que la televisión no es cultura, que sólo es in instrumento para difundir un modelo de conducta borreguil, se tienen que comer sus propias palabras. Dado que las excepciones son tremendamente escasas, voy a ser arbitrario y me voy a centrar en una sola de ellas: “Los Simpsons”.
Es posible que sea un freak, pero la gran mayoría de los días, mis mejores momentos los paso frente al televisor a la hora de comer. La genialidad de “Los Simpsons” es tal que incluso se me olvida la repulsión que siento por el canal en el que se emite; y pocos programas logran esta hazaña conmigo. Esta serie es puro arte, un derroche de ingenio; tanto que ni siquiera me importa ver una y otra vez los capítulos repetidos. Su grandeza no tiene límites, y cada día me embelesa aún más.
“Los Simpsons” no es simplemente una compilación de personajes graciosos (que lo son), sino que la ciudad de Springfield supone un microcosmos que, mediante la exageración y la ironía, muestra los más profundos defectos de la sociedad capitalista modélica: la norteamericana. Con ello, la serie consigue que todo el mundo occidental se mire en su delirante espejo y se ría de sí mismo. Lo más fácil es quedarse en la superficie y reírse con sus magníficos gags, pero es una serie pensada para que veamos más allá del humor que rebosa.
Matt Groening nunca pudo imaginar el éxito universal que lograría esa familia amarilla que un día dibujó en una servilleta. No cabe inicio más humilde para un producto tan extraordinario. No soy, ni mucho menos, el único que predica la grandiosidad de esta serie, pues son incontables los críticos que la elevan al Olimpo del devaluado arte televisivo. “Los Simpsons” se encuentra en las primeras posiciones de todo ranking televisivo que se precie, y aparece igualmente en los “salones de la fama” de las clasificaciones generales, por delante de joyas del séptimo arte.
Como fan incondicional de la serie, me ha sido posible advertir una evolución bastante evidente de la serie a lo largo de su prolongada existencia, que se remonta al año 1989 (son ya más de 20 años de deleite). Así, podemos diferenciar tres grandes etapas:
- La primera de ellas es el periodo más breve, pero no por ello menos importante; se trata de la etapa inicial de la serie (de mano de la tiránica cadena generalista americana FOX), o como a mí me gusta llamarla: proto-Simpsons. Este es el momento en el cual la serie da sus primeros pasos, ya con muchas de las características que la harán famosa; véase, la utilización del modelo de familia tradicional, la inestabilidad de dicho núcleo familiar y el histrionismo de las conductas de sus miembros. Sin embargo, la serie carece aún de rasgos fundamentales en el futuro como una psicología consolidada en los familiares (que representan los problemas de la sociedad) y el asentamiento de Springfield (tanto sus gentes como sus lugares) como personaje fundamental. La etapa inicial engloba el periodo comprendido entre el estreno de la serie en televisión y la primera temporada de la misma, ambos inclusive. A su vez, podemos distinguir dos sub-etapas dentro de esta: una de formación, correspondiente al periodo de cortometrajes; y otra de consolidación, que corresponde a la primera temporada en televisión como serie de treinta minutos.
- La segunda etapa es, sin lugar a dudas, la etapa de esplendor de “Los Simpsons”. La serie alcanza difusión internacional y se introducen multitud de novedades en el desarrollo. Los cambios que merecen especial mención son la inclusión de referencias culturales, la introducción de la psicología de los personajes y su pasado, y el asentamiento de los personajes de los vecinos de Springfield y los lugares del pueblo. Es en este momento, que abarca desde la segunda temporada (incluida) hasta algún punto entre las temporadas 11ª y 14ª, cuando la serie alcanza su clasicismo: gran simbolismo, mordaz crítica social, ritmo cómico ágil y fresco, amplias referencias culturales… Sin embargo, ni siquiera en esta etapa clásica podemos hallar completa homogeneidad, sino que, igualmente, se aprecian dos sub-etapas: la hegemónica (T2ª-T9ª) y la mediana (T10ª-T14ª). Gran parte de los mejores capítulos pertenece a la etapa hegemónica, como Rasca, Pica y Marge (T2ª), Dos autos en cada garaje, tres ojos en cada pez (T2ª), Homer, el hereje (T4ª), Última salida a Springfield (T4ª), El señor Quitanieves (T4ª), Lisa contra Stacy (T5ª), El cabo del miedo (T5ª), Especial noche de brujas V (T6ª), Homer, hombre malo (T6ª) y Homer, el grande (T6ª). Y esto sólo por citar algunos... No obstante, esto no significa que la etapa mediana sea mediocre en absoluto. En ella abundan escenas que nos hacen, cuanto menos, quitarnos el sombrero. Recordemos, por ejemplo, aquella escena de los mafiosos que se dirigen, liderados por Tony “el gordo”, a matar a Homer (el jefe de policía en ese momento) mientras suena la sintonía de cabecera de “Los Soprano” (Papá tiene una nueva placa, T13ª).
- La última etapa, en la que actualmente la serie se halla sumida, es la etapa de decadencia, o pseudo-Simpsons. Desgraciadamente, más de veinte temporadas son muchas y la serie se está resintiendo de forma pavorosa. “Los Simpsons” está de capa caída y mucho me temo que no volverá a levantar cabeza. La serie se ha quedado sin recursos (puede que por el continuo cambio de guionistas o, simplemente, por ley natural), y su estado actual es una agonía insoportable. Muestra de ello son las últimas temporadas, que han perdido todo su dinamismo y la mayoría de su crítica social. Los personajes ahora están desdibujados, y las tramas disparatadas, en lugar de otorgar frescura, dejan en evidencia lo pueril de los recursos y los gags utilizados. La serie sólo tiene ya valor como referencia cultural, y se ha convertido en un revoltijo de números musicales que desbaratan la coherencia hiperbólica de la que la serie hacía gala. Y sin embargo… ¡sigue siendo una de las mejores opciones de la parilla!
“Los Simpsons” ha tenido una trayectoria brillante y se ha convertido, con toda seguridad, en la mejor serie de animación de la historia de la televisión. He crecido con esta serie y mi evolución personal no ha hecho cambiar ni un ápice mi fascinación por ella; más bien todo lo contrario. Por ello, es indescriptible el dolor que siento al decir esto: la serie debe ser cancelada. Soy realista, y entiendo que en un mundo tan capitalista como el nuestro la cultura y los principios no importan. Y es que, no nos engañemos, “Los Simpsons” sigue siendo la gallina de los huevos de oro. Pese a su dramático descenso de calidad, la serie sigue proporcionando cuantiosos ingresos a sus productores y a sus emisores, y no se cancelará hasta que deje de ser rentable. Ante esta situación, los fieles seguidores de la serie (al menos en mi caso) sufrimos un calvario cada vez que vemos su evolución (la película es buen ejemplo de ello). Espero que, algún día, el clamor de unos pocos se haga unánime y la serie sea cancele. Será un día aciago, pero por fin podremos respirar en paz.
Para colmo, la tortura de los seguidores de la serie se ve acrecentada por su emisión en España por parte Obscena 3 Televisión (una denominación acertada). Esta emisora privada, se aprovecha del tirón de la serie y comete auténticas atrocidades durante su emisión. Por ejemplo, la cantidad de publicidad emitida, que, además se coloca a mitad de capítulo, es desmesurada. Antena 3 no mutila los diálogos con los cortes publicitarios, no así Neox, donde los cortes publicitarios interrumpen los diálogos y los chistes. La indecencia de las emisiones de Neox es tal que, en un capítulo, el canal cometió la frivolidad de suprimir el chiste final. ¡Y todo ello sólo por sincronizar la publicidad de los canales! Es intolerable. Es más: debería ser ilegal. Pero en este mundo manda el dinero, motor popular que se antepone a la dignidad de la audiencia y del producto emitido.
Siendo objetivo, he de hacer un inciso. Así, tengo mitigar mi ataque a la cadena triste y admitir que el doblaje español es soberbio, especialmente con Carlos Revilla poniendo voz a Homer. No obstante, la serie se resintió mucho tras su muerte que, curiosamente, coincidió con los inicios del periodo de decadencia (T12ª).
Para terminar, quiero recalcar la consigna (no sólo mía) a favor de la cancelación. Y es que una serie que nos ha proporcionado tantos buenos momentos como “Los Simpsons” merece morir en paz.
Descanse en paz.


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