domingo, 30 de enero de 2011

Cambios en el horizonte

Toda sociedad que se precie se basa en el progreso; exactamente lo mismo sucede con las personas. Unos más y otros menos, pero todos nosotros tenemos una necesidad constante de buscar horizontes en los que fijar nuestra mirada y nuestro camino. Necesitamos principios que nos guíen: referentes que seguir y figuras a evitar. Iremos, poco a poco, trazando torpemente un sendero que será nuestra vida. 
El trayecto, no hacia un único y verdadero horizonte sino a nuestro propio destino, no es un viaje que podamos ni debamos recorrer solos. Los senderos se entrecruzan a lo largo de la infinita llanura que conforma las posibilidades que nos otorga la vida, y sus respectivos moradores a veces deciden buscar una senda común. Y es que, muy de vez en cuando, algún solitario caminante nos llama la atención, y nuestros horizontes cambian para dar cabida a una persona en nuestra existencia.
Para algunos, volver la mirada atrás es una acto gratificante. Pero hay otros a los que la sinuosa senda de nuestra historia personal nos asusta profundamente. No nos da tanto miedo equivocarnos como reconocer un error a posteriori. Y, lo más importante de todo, nos asusta cambiar. Yo soy uno de estos excursionistas de la vida. A veces recapacito sobre mis escasos años de existencia y me asusta no reconocerme en mi memoria. Me asusta no ser la misma persona que un día decidió compartir su camino con otras personas. Me asusta mirarme en el espejo y ver a otra persona que me repugna.
Pensándolo fríamente, lo que me invade es un doloroso complejo de Peter Pan. No es que me dé miedo crecer ni dejar de ser un niño; de eso creo que nunca he padecido. Lo que verdaderamente me tiene aterrorizado es que llegue un día en el que en mi vida no encuentre rastro alguno del hombre o del niño que un día fui. Me abruma sentirme a veces no yo mismo, sino una penosa mezcla de las ruinas de quien un día fui y de unos bonitos pero inertes proyectos de quien algún día seré; y que mientras tanto, mi ego, mi conciencia, mi esencia, se haya perdido entre los recuerdos de un pasado mejor y las promesas de un futuro brillante.
Me cuesta más encontrarme a mí mismo que a mis horizontes y eso me lleva a acabar dando vueltas en círculo infinito, ante la desazón de los viandantes.

El cuadro "Viajero sobre un mar de nubes" de Friedrich me sirve muy bien para representar este sentimiento. No es un cuadro hermoso, por así decirlo. No me trasmite el equilibrio y la armonía de las obras de Botticelli o de Tiziano. Pero, siempre que lo contemplo, me evoca esa concepción de la vida como un sendero y de las personas como viajeros. Me gusta pensar en esa escena, ambientada en unas montañas, como el final de un largo viaje a lo largo de un interminable llano. Me gusta que pensar que la niebla sobre los horizontes montañosos representa lo incierto del futuro, de las promesas de progreso y del cambio venidero. Y me gusta pensar que si la figura se encuentra de espaldas es porque el cambio ha erosionado como el viento su imagen pasada, y también que si está sola es porque el sendero de la evolución personal es un camino que a la larga ha de recorrerse en la más irremediable y dolorosa soledad. Pero, sobre todo, me gusta pensar que todo esto son absurdas cavilaciones que mañana habré olvidado.

1 comentario:

  1. El Viajero sobre un mar de nubes de Friedrich, solo puedo decir que muestra parte de mi, me encanta ese ambiente intenso repleto de sorpresas y con una mirada a lo profundo y cosas grandes, en persecusión de ilusiones y objetivos, en el cual queda muy aparte el quien soy para los demás. ¡Increíble cuadro!

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